So you grab a piece of something that you think is gonna last

     Los apparatchik también eran una tipología eterna. El tono de los nuevos, en sus charlas TED, en sus lanzamientos de productos por medio del PowerPoint, en sus declaraciones ante parlamentos y congresos, en libros de títulos utópicos, era un lisonjero sirope de convicciones oportunas y rendiciones personales que Andreas recordaba bien de la República. No podía oírlos sin pensar en la letra de una canción de Steely Dan que decía: «So you grab a piece of something that you think is gonna last.» (La radio del sector americano ponía esa canción una y otra vez para los tiernos oídos del sector soviético.) Los privilegios disponibles en la República eran irrisorios, un teléfono, un apartamento con algo de luz y aire, el importantísimo permiso de viaje, pero quizá no más irrisorios que tener X seguidores en Twitter, un perfil de Facebook muy popular y una aparición de cuatro minutos de vez en cuando en la CNBC. El verdadero atractivo de ser un apparatchik era la seguridad que conllevaba encajar. Fuera, el aire olía a azufre, se comía mal, la economía estaba moribunda, el escepticismo proliferaba, mientras que dentro «la victoria contra el enemigo de clase estaba asegurada». Dentro, «el profesor y el ingeniero aprendían a los pies del trabajador alemán». Fuera, la clase media desaparecía más rápido que los glaciares, los xenófobos ganaban elecciones o almacenaban rifles de asalto, las tribus enfrentadas se masacraban religiosamente, mientras que dentro «las nuevas tecnologías disruptivas hacían obsoleta la política tradicional». Dentro, las comunidades descentralizadas ad hoc estaban «reescribiendo las reglas de la creatividad», la revolución «premiaba a quienes asumían riesgos y entendían el potencial de las redes». El Nuevo Régimen reciclaba incluso las palabras clave que la antigua República había usado: «colectivo», «colaborativo». En ambos casos se consideraba un axioma la emergencia de «una nueva especie de la humanidad». En eso, los apparatchik de toda calaña estaban de acuerdo. No parecía preocuparles que sus élites gobernantes estuvieran formadas por la vieja especie de la humanidad, avariciosa y brutal.

 

     Lenin había sido capaz de asumir riesgos. Trotski también, hasta que Stalin lo convirtió en el Bill Gates de la Unión Soviética, el vituperado criptorreaccionario. En cambio, a Stalin no le hizo falta asumir tantos riesgos porque el terror daba mejores resultados. Aunque, sin excepción, los nuevos revolucionarios afirmaban idolatrar a quienes asumían riesgos —término relativo en todo caso, pues el riesgo en cuestión consistía en perder el dinero de algún capitalista aventurero o, como mucho, en malgastar unos cuantos años financiados por los papás, en lugar de, por decir algo, el riesgo de morir ahorcado o fusilado—, los más exitosos habían optado por seguir el ejemplo de Stalin. Igual que los antiguos politburós, el nuevo se presentaba como enemigo de las élites y amigo de las masas, dedicado a «dar a los consumidores lo que deseaban», pero a Andreas —que, según su propia admisión, no había aprendido a desear nada material— le parecía que internet estaba más bien dominado por el miedo: miedo a no ser popular, ni suficientemente cool, miedo a perderse algo, miedo a ser criticado u olvidado. En la República, a la gente le aterraba el Estado; bajo el Nuevo Régimen, lo que aterraba a la gente era el estado de la naturaleza: matar o morir, comer o ser comido. En ambos casos, el miedo era absolutamente razonable; era, en efecto, «producto» de la razón. El nombre completo de la ideología de la República había sido «Socialismo Científico», un nombre que miraba atrás, hacia la Terreur —los jacobinos, con su guillotina maravillosamente eficaz, tal vez fueran verdugos, pero se presentaban como ejecutores de la racionalidad de la Ilustración—, y también adelante, hacia los terrores de la tecnocracia, que buscaba liberar a la humanidad de su condición humana por medio de la eficacia de los mercados y la racionalidad de las máquinas. Ésa era la característica verdaderamente inamovible de las revoluciones ilegítimas, su impaciencia con respecto a la irracionalidad, su deseo de liquidarla de una vez por todas.

 

Franzen, Jonathan. 2015. Pureza. Salamandra. ISBN: 978-84-9838-710-0

 

Ahora todo era mierda y abrazos

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Ojalá se abriera un resquicio en el tiempo, un hueco entre dos segundos, y pudiera quedar resguardada allí, olvidada por las horas, a salvo del mundo. Ojalá todo siguiera sin ella, y ella pudiera permanecer para siempre como está ahora, tumbada en la cama, la puerta cerrada, sola, siendo ella misma, siendo la Gertru auténtica, y no ese estúpido trasunto que vive afuera pero que cada vez le gana más espacio y tiempo, que cada día la devora más, como un demonio que habitara dentro de ella.

De regreso en metro a casa, mientras observaba los rostros derrotados de todos los que, como ella, volvían del trabajo, ha imaginado que el vagón estaba lleno de zombis. Pero al mirarse en el reflejo del cristal, con sus gafas gruesas, con su traje chaqueta, con su peinado recatado y discreto, ha percibido que también era uno de ellos, que ella también se había convertido en un zombi. Por un instante ha recordado su encuentro con el comercial de Cadenas Locales, su conversación en el McDonald’s, y ah tenido un acceso religioso, muy parecido a los que tenía de más pequeña, cuando recuperaba la fe a conveniencia para pedirle a Dios que por favor se cumpliera algún anhelo, o más bien no se materializara alguna desgracia. Los había tenido estando en Londres, cuando recibió la llamada de su madre comunicándole que su padre acababa de sufrir un infarto cerebral, y se sorprendió a sí misma rezando por que su padre resistiera, por que el riego volviera a circular de forma fluida por su cerebro, para evitar su muerte y sobre todo tener que regresar otra vez a España. A estas alturas ya nunca rezaría, pero estaba dispuesta a reconocer la existencia de Dios con tal de que el comercial de Locales se decidiera a recoger el guante. Deseaba de todo ardiera, anhelaba una explosión furibunda, sangres, cuchillos, e intento desquitarse de aquellos pensamientos bajo la ducha. Como de costumbre se deshizo de las palabras cartilaginosas de su madre, que le pedían un poco de conversación y vida de salón, y se resguardó en el baño. Se desprendió de la ropa con violencia, como si estuviera apestada, y hasta que no se quedó desnuda, observando su encanijado cuerpo, contemplando las reconfortantes patas de su araña tatuada, no se sintió algo más tranquila. Con todo, su masturbación bajo la ducha no fue nada apacible, utilizó el consolador de goma como una taladradora, como si quisiera borrarse el clítoris, con furia, sin pensar en nada, en realidad sin verdaderas ganas. Sólo quería estar tumbada, sólo quería desaparecer, así que no se demoró en esta ocasión. Su madre, claro, la esperaba en la puerta, esta noche estrenaban en la tele una peli que podía estar bien, una nueva de Robert de Niro, ven a verla conmigo. Estoy cansada, contestó ella, necesito un poco de intimidad, remató, antes de encerrarse en su habitación. Cómo explicarle a la vieja que Robert de Niro ya no era Robert de Niro, que hacía décadas que un payaso se lo había comido. Dónde estaba el Robert de Niro de Taxi Driver, la picadora de Hollywood lo había triturado. Dónde estaban las cosas que una vez fueron buenas, ahora todo era mierda y abrazos.

Abrazos, sonrisas, frases motivadoras de saldo pescadas en la almadraba de Internet, sé tú mismo, confía en ti, sal de tu zona de confort. Nelson Mandela, Gandhi, Steve Jobs, John Lennon, Bill Gates, Charles Chaplin, Camus, incluso Duchamp –por dios–, todos ellos metidos como un gazpacho imposible en el recipiente buenista y trendy del nuevo Pensamiento Mágico. El mundo careta, el mundo ventosidad de arcoíris. Ya no te clavan el cuchillo, ahora te ofrecen sesiones de coaching para que tú mismo aprendas a introducirlo en tu vientre, así duele menos, así no se grita tanto. Hemos aprendido a hacerlo todo nosotros mismos, echar gasolina, montar los muebles, cobrarnos en los supermercados, faltaba que aprendiéramos también a matarnos. Estaba delirando, pero se sentía bien, ese era su yo, esa era Gertru, la Gertru que sólo catorce horas después desaparecería otra vez bajo el disfraz de monja. Y mañana más monja que nunca, porque empezaba la Convención Anual.

Ruiz García, Daniel. 2016. La gran ola. Tusquets. ISBN: 9788490663561 

El color que usted quiera, señor Ford

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Al comienzo de mi vida consciente uno de mis dedos, que entonces ni siquiera estaba sometido a mi influencia, rozó una protuberancia en forma de gamba entre mis piernas. Y aunque la gamba y la punta del dedo se encuentran a distinta distancia de mi cerebro, las dos se percibieron simultáneamente, un ejemplo de desviación que la neurociencia denomina el problema de la integración. Días después me volvió a pasar en otro dedo. Cuando me desarrollé un poco comprendí las consecuencias. La biología es el destino, y el destino es digital y, en este caso, binario. Era desoladoramente simple. La cuestión extrañamente esencial en el fondo de cada nacimiento quedaba ahora resuelta. O esto o lo otro. Nada más. Nadie exclama en el momento de tu deslumbrante aparición: ¡Es una persona!, sino: Es una niña, Es un niño. Rosa o azul: una mejora mínima con respecto a la oferta de Henry Ford de coches de cualquier color con tal de que fueran negros. Sólo dos sexos. Yo estaba decepcionado. Si los cuerpos, las mentes y los destinos humanos son tan complejos, si somos más libres que ningún otro mamífero, ¿por qué limitar la gama? Me sulfuré y luego, como todo el mundo, me tranquilicé y saqué el mayor partido de mi herencia. Sin duda la complejidad me llegaría en su momento. Hasta entonces mi plan consistía en presentarme como un inglés nacido libre, una criatura de la postilustración inglesa-y-también-escocesa-y-francesa. Mi identidad la esculpirían el placer, el conflicto, la experiencia, las ideas y mi propio raciocinio, del mismo modo que la lluvia, el viento y el tiempo configuran las rocas y los árboles. Además, en mi confinamiento me preocupaban otras cosas: mi problema con la bebida, los disgustos familiares, un futuro incierto en el que afrontaba una posible pena de cárcel o una vida “de acogida” en el regazo descuidado del Leviatán, criado en el piso decimotercero.

Pero últimamente, mientras sigo la cambiante relación de mi madre con su crimen, he recordado rumores de una nueva distribución en materia de azul y rosa. Ten cuidado con lo que deseas. Hay una nueva política en la vida universitaria. Esta disgresión puede parecer intrascendente, pero tengo intención de aplicarla en cuanto pueda. En física, en gaélico, en lo que sea. Así que estoy obligado a interesarme. Una extraña tendencia se ha adueñado de los jóvenes instruidos. Se han movilizado, a veces enfurecidos, pero sobre todo necesitados, ansiosos, de que una autoridad les bendiga y otorgue validez a las identidades que han elegido. Quizá se la decadencia de Occidente con una nueva apariencia. O la exaltación y la liberación del yo. El sitio web de un medio social muy conocido propone setenta y una opciones de género: neutrosis, dos espíritus, bigénero…, el color que usted quiera, señor Ford. En definitiva, al biología no es el destino, y eso es un motivo de celebración. Una gamba no es restrictiva ni estable. Declaro mi innegable simpatía por quien soy. Si resulta que soy blanco, puedo identificarme como negro. Y viceversa. Puedo anunciarme minusválido, o minusválido en mi contexto. Si mi identidad es la de un creyente, se me hiere fácilmente, mi piel sangra cada vez que cuestionan mi fe. Ofendido, entre en un estado de gracia. Si las opiniones inconvenientes gravitan cerca de mí como ángeles caídos o genios malignos (un kilómetro ya es demasiado cerca), necesitaré la habitación de seguridad especial del campus, equipada con plastilina y vídeos de cachorros retozando. ¡Ah, la vida intelectual! Puede que necesite una alarma si los libros o las ideas perturbadoras amenazan mi persona acercándose demasiado, respirándome en la cara y en el cerebro como perros insanos.

Sentiré, ergo seré. Que la pobreza mendigue y que el cambio climático se cueza a fuego lento en el infierno. La justicia social puede ahogarse en tinta. Seré un activista de las emociones, un espíritu ruidoso y reivindicativo que lucha con lágrimas y suspiros para modelar al as instituciones en torno a mi yo vulnerable. Mi identidad será mi única posesión preciosa y verdadera, mi acceso a la única verdad. El mundo tiene que amarla, alimentarla y protegerla como hago yo. Si mi universidad no me bendice, no me reconoce ni me da lo que necesito claramente, hundiré la cara entre las solapas del vicerrector y lloraré. Luego exigiré su dimisión.

McEwan, Ian. 2017. Cáscara de nuez. Anagrama. ISBN. 9788433937711 

Entonces quedaría un solo carcelero en pie

El barbero y el Superhéroe  Presidiendo la mesita, quedando entre Foucault y Superhombre, se encontraba el moderador, que se disponía a formular la primera pregunta:

   — Todos los estudios del hombre, de la historia a la lingüística y la psicología, enfrentan el interrogante de si en última instancia somos el resultado de una serie de factores externos, o si, a pesar de nuestras diferencias, poseemos algo que podríamos denominar una “naturaleza humana” común que nos permitiría reconocernos como seres humanos. De modo que mi primera pregunta está dirigida a usted, Superhombre, porque suele utilizar el concepto de “naturaleza humana” e incluso términos relacionados con él, como “ideas innatas” y “estructuras innatas”. ¿Qué fundamentos proporciona su posicionamiento digamos… externo al hombre, si me lo permite, para otorgar un lugar central al concepto de naturaleza humana?

   — Permítame comenzar de un modo ligeramente técnico. Una persona interesada por el estudio de las lenguas, como fue mi caso a partir de ciertos sucesos, se enfrenta a un problema empírico muy definido. Es posible observar que organismos adultos con experiencias muy distintas en una lengua particular arribar a sistemas muy congruentes entre sí. Los sistemas a los que arriban dos hablantes del inglés basándose en experiencias muy distintas son congruentes en el sentido de que, en la mayoría de los casos, uno puede comprender lo que el otro dice. Más notable aún es observar que en gran variedad de lenguas, de hecho en todas la lenguas naturales que he aprendido, existen limitaciones notables en relación con el tipo de sistemas resultantes de las muy distintas experiencias que poseen las personas. Este fenómeno relevante tiene una única explicación: el esquema lingüístico general y el contenido específico del conocimiento proviene, en gran medida, de un aporte del individuo mismo y, de hecho, es un aporte determinante.

   “Afirmaría entonces que este conocimiento instintivo o, si prefieren, este esquema innato es un constituyente fundamental de la “naturaleza humana”. Es a este conjunto de esquemas o principios de organización innatos en el cerebro humano que guían vuestro comportamiento social, intelectual e individual al que me refiero cuando utilizo el concepto “naturaleza humana”.

   El público del plató quedó en silencio. Michel Foucault había esbozado una sonrisa satisfecha, como quien conoce el desenlace final de una broma. Yo, desde mi barbería, casi pude palpar el silencio marmóreo que compartía gran parte de la audiencia mundial en esos instantes.

   — Señor Foucault, imagino que su visión al respecto difiere en forma significativa.

   — Es cierto que desconfío un poco de la noción de naturaleza humana. Afirmaría que el concepto de ser humano no es un concepto científico; sino que ha consistido en una herramienta de clasificación y delimitación, una herramienta conceptual y coercitiva con la que reprimir el deseo.

   “En todo caso, algo me parece cierto: que el hombre y la naturaleza humana son una invención cuya fecha reciente muestra con toda facilidad la genealogía de su creación. Es reconfortante pensar que si las disposiciones que permitieron la invención de la “identidad humana” desaparecieran, entonces podría apostarse a que la cárcel que supone pertenecer a esa quimera llamada “humanidad” se borraría, como en los límites del mar un rostro de arena.

   “Entonces quedaría un solo carcelero en pie, sin presos a quienes vigilar ni castigar”.

   Dijo las últimas palabras mirando fijamente a Superhombre. El público aplaudió con timidez. Mi amigo, como yo, entendió en ese mismo instante que, efectivamente, aquel diálogo televisado era una suerte de trampa; un ataque de guerrilla, sin más armas que el diálogo, pero milimétricamente planificado para tumbarlo.

Colectivo Juan de Madre. El barbero y el superhombre. Badajoz: Aristas Martínez, 2017. p. 276-278. ISBN: 978-84-943794-8-2

Todo empieza aquí

Fotograma de la película Jules et Jim

Stuart. Todo empieza aquí. eso es lo que no cesaba de repetirme. Todo empieza aquí.

Yo era solamente del montón en mi colegio. Nunca me animaron  a pensar que debería aspirar a la universidad. Hice un curso por correspondencia de economía y derecho mercantil, luego me aceptaron en el banco como aprendiz. Trabajo en el departamento de moneda extranjera. Prefiero no mencionar el nombre del banco, por si les molesta. Pero usted habrá oído hablar de él. Me han dejado muy claro que nunca seré un pájaro de altos vuelos, y a mí no me importa. Mis padres era el tipo de padres que siempre parecen levemente decepcionados hagas lo que hagas, como si estuvieras constantemente defraudándoles en pequeñas cosas. Creo que esa es la razón de que mi hermana se marchase al norte. Por otra parte, yo comprendía el punto de vista de mis padres. Yo era realmente un poco decepcionante. Era un poco decepcionante para mi mismo. Ya he intentado explicar antes que no era capaz de relajarme con la gente que me agradaba, que no era capaz de hacerles ver qué virtudes tenía. Ahora que lo pienso, la mayor parte de mi vida fue así. No podía conseguir que otras personas viesen para qué servía yo. Pero luego apareció Gillian y todo empieza aquí.

Barnes, Julian. Hablando del asunto. Barcelona : Anagrama, 1999. p. 51. ISBN: 84-339-6641-3

… una mujer digna de estima

Tres días y una vida

La señora Courtin mantenía con la religión relaciones prudentes y prácticas. Había mandado a Antoine a catequesis por precaución, pero no había insistido cuando él decidió dejar de ir. Visitaba la iglesia cuando necesitaba ayuda. Dios era un vecino un poco lejano, con el que era agradable cruzarse y al que se le podía pedir un favorcillo de vez en cuando. La señora Courtin iba a la misa de víspera de Navidad como quien visita a una vieja tía.

En ese uso utilitario de la religión había una gran parte de conformismo. La señora Courtin había nacido allí, donde se había criado y donde había vivido siempre, en una pequeña población en la que todos estaban pendientes de todos, donde la opinión ajena pesaba como una losa. La señora Courtin se comportaba siempre como debía por la sencilla razón de que eso era lo que hacían todos los que la rodeaban. Su reputación era tan importante para ella como su casa y quizá como su propia vida, porque seguramente perder su respetabilidad la habría matado. Para Antoine, la misa del gallo no era más que una de las muchas obligaciones con las que tenía que cumplir a lo largo del año para su su madre siguiera siendo, según su propia opinión, una mujer digna de estima.

 

Lemaitre, Pierre. Tres días y una vida. Barcelona : Salamandra, 2016. p. 74. ISBN: 978-84-9838-757-5

Chicas

Chicas. Emma Cline

Henry pellizcó la piel blanda que asomaba por la cinturilla de los pantalones cortos de Connie.

  — Tenemos hambre últimamente, ¿eh?

  — No me toques, salido –le dijo ella, y lo apartó de un manotazo. Soltó una risita–. Que te follen.

  — Perfecto –respondió él, y la cogió por las muñecas–. Fóllame.

Ella intentó zafarse sin muchas ganas, quejándose hasta que Henry la soltó por fin. Se frotó las muñecas.

  — Imbécil –masculló, pero no estaba realmente enfadada. Eso era parte de ser chica: conformarse con cualquier respuesta que una obtuviera. Si te enfadabas, estabas loca; si no reaccionabas, eras una zorra. Lo único que podías hacer era sonreír desde la esquina en la que te hubiesen arrinconado. Sumarte a la broma aun cuando siempre fuese a tu costa.

Cline, Emma. Chicas. Barcelona : Anagrama, 2016. ISBN: 978- 8433979582.