Todo empieza aquí

Fotograma de la película Jules et Jim

Stuart. Todo empieza aquí. eso es lo que no cesaba de repetirme. Todo empieza aquí.

Yo era solamente del montón en mi colegio. Nunca me animaron  a pensar que debería aspirar a la universidad. Hice un curso por correspondencia de economía y derecho mercantil, luego me aceptaron en el banco como aprendiz. Trabajo en el departamento de moneda extranjera. Prefiero no mencionar el nombre del banco, por si les molesta. Pero usted habrá oído hablar de él. Me han dejado muy claro que nunca seré un pájaro de altos vuelos, y a mí no me importa. Mis padres era el tipo de padres que siempre parecen levemente decepcionados hagas lo que hagas, como si estuvieras constantemente defraudándoles en pequeñas cosas. Creo que esa es la razón de que mi hermana se marchase al norte. Por otra parte, yo comprendía el punto de vista de mis padres. Yo era realmente un poco decepcionante. Era un poco decepcionante para mi mismo. Ya he intentado explicar antes que no era capaz de relajarme con la gente que me agradaba, que no era capaz de hacerles ver qué virtudes tenía. Ahora que lo pienso, la mayor parte de mi vida fue así. No podía conseguir que otras personas viesen para qué servía yo. Pero luego apareció Gillian y todo empieza aquí.

Barnes, Julian. Hablando del asunto. Barcelona : Anagrama, 1999. p. 51. ISBN: 84-339-6641-3

… una mujer digna de estima

Tres días y una vida

La señora Courtin mantenía con la religión relaciones prudentes y prácticas. Había mandado a Antoine a catequesis por precaución, pero no había insistido cuando él decidió dejar de ir. Visitaba la iglesia cuando necesitaba ayuda. Dios era un vecino un poco lejano, con el que era agradable cruzarse y al que se le podía pedir un favorcillo de vez en cuando. La señora Courtin iba a la misa de víspera de Navidad como quien visita a una vieja tía.

En ese uso utilitario de la religión había una gran parte de conformismo. La señora Courtin había nacido allí, donde se había criado y donde había vivido siempre, en una pequeña población en la que todos estaban pendientes de todos, donde la opinión ajena pesaba como una losa. La señora Courtin se comportaba siempre como debía por la sencilla razón de que eso era lo que hacían todos los que la rodeaban. Su reputación era tan importante para ella como su casa y quizá como su propia vida, porque seguramente perder su respetabilidad la habría matado. Para Antoine, la misa del gallo no era más que una de las muchas obligaciones con las que tenía que cumplir a lo largo del año para su su madre siguiera siendo, según su propia opinión, una mujer digna de estima.

 

Lemaitre, Pierre. Tres días y una vida. Barcelona : Salamandra, 2016. p. 74. ISBN: 978-84-9838-757-5

Chicas

Chicas. Emma Cline

Henry pellizcó la piel blanda que asomaba por la cinturilla de los pantalones cortos de Connie.

  — Tenemos hambre últimamente, ¿eh?

  — No me toques, salido –le dijo ella, y lo apartó de un manotazo. Soltó una risita–. Que te follen.

  — Perfecto –respondió él, y la cogió por las muñecas–. Fóllame.

Ella intentó zafarse sin muchas ganas, quejándose hasta que Henry la soltó por fin. Se frotó las muñecas.

  — Imbécil –masculló, pero no estaba realmente enfadada. Eso era parte de ser chica: conformarse con cualquier respuesta que una obtuviera. Si te enfadabas, estabas loca; si no reaccionabas, eras una zorra. Lo único que podías hacer era sonreír desde la esquina en la que te hubiesen arrinconado. Sumarte a la broma aun cuando siempre fuese a tu costa.

Cline, Emma. Chicas. Barcelona : Anagrama, 2016. ISBN: 978- 8433979582.

Túnez

 

CORRUPCIÓN EN TÚNEZ. LO QUE ES TUYO ES MÍO

  1. (S) Según la encuesta anual de Transparencia Internacional y las observaciones de los contactos de la embajada, la corrupción en Túnez es cada vez peor. Ya sea dinero lo que no posea, servicios, tierras, propiedades, o incluso un yate, se dice de la familia de Ben Ali que lo codicia, y que lo consigue.

Así comenzaba uno de los cables que se filtraba el 28 de noviembre de 2011 y que el portal tunecino Nawaat se encargó de difundir, poniendo en marcha el sitio web Tunileaks. En los diecisiete primeros cables relativos a Túnez, representantes estadounidenses intercambiaban información sobre violaciones de derechos humanos y restricciones a la libertad de expresión y se referían a la familia Ben Ali como “La Familia” que articulaba la corrupción en el país. El gobierno tunecino reaccionó bloqueando el acceso a Tunileaks y a Al Akhbar, el medio libanés que se había hecho eco de la publicación de los cables, sin lograr frenar la propagación de su contenido.

Durante los días siguientes medios de todo el mundo publicaron decenas de cables similares, centrados en los gobiernos de cada país árabe, exponiendo las entrañas de cada una de aquellas estructuras corruptas.

Hasta ese momento Túnez era visto desde el exterior como destino turístico y país moderno, abierto a Europa y a Occidente. Muy pocos reparaban en la corrupción y la censura que reinaban en el interior, a pesar de que los activistas tunecinos llevaban años alertando sobre las violaciones contra la libertad de expresión cometidas por el Gobierno de Ben Ali. En el año 2000 Túnez registró el mayor número de periodistas  detenidos, encabezando la lista de enemigos de la libertad de prensa. En los años siguientes se bloquearon una por una todas las plataformas de video que permitían a los ciudadanos expresarse, organizarse y denunciar los abusos que sufrían. A la represión se sumaba la enorme desigualdad económica provocada por el desequilibrio entre las inversiones en la costa y en el interior del país, heredados de la época de Burguiba y acrecentados por las prácticas mafiosas de Ben Ali.

El 18  de diciembre de 2010, después de meses buscando el modo de mantener a su familia, Mohamed Bouazizi se prendió fuego frente al Ayuntamiento de la ciudad de Sidi Bouzid, en el interior del país. El joven, que tenía estudios superiores y ninguna expectativa de poder sacarles partido en el país de la mafia de Ben Ali, se había hecho con un carrito de verduras con el que poder sobrevivir. Trabajó durante unas semanas hasta que un día la policía le confiscó el carro, golpeándolo cuando opuso resistencia. Como aquel era el único modo que había encontrado de alimentar a sus hijos, la paliza no lo detuvo y no tardó en conseguir otro carro con el que continuar con la venta ambulante de verdura. Algo debió de quebrársele cuando la policía volvió a acosarlo y a quitarle una vez más su herramienta de trabajo, porque ese día decidió poner fin a todo, inmolándose frente al Ayuntamiento. No sabía que su sacrificio sería el principio.

Nachawati Rego, Leila. Cuando la revolución termine. Madrid: Turpial, 2016. ISBN: 978-84-95157-94-2. p. 131-132.

Y los reyes son los mercaderes

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— ¿Qué habrá querido decirnos? –pregunté.

— Todo y nada. Una abadía es siempre un sitio donde los monjes luchan entre sí para conseguir el gobierno de la comunidad. También ocurre en Melk, aunque, siendo novicio, puede que aún no hayas tenido tiempo de percibirlo. Pero en tu país conquistar el gobierno de una abadía significa conquistar una posición desde la cual se trata directamente con el emperador. En este país, en cambio, la situación es distinta, el emperador está lejos, incluso cuando baja hasta Roma. No hay cortes, y ahora mismo ni siquiera existe la del Papa. Como ya habrás visto, lo que hay son ciudades.

— Si, y me han impresionado mucho. En Italia la ciudad no es como en mi tierra… No es sólo un sitio para habitar: es un sitio para tomar decisiones. Siempre están todos en la plaza, los magistrados de la ciudad importan más que el emperador o que el Papa… Son… reinos aparte.

— Y los reyes son los mercaderes. Y su arma es el dinero. El dinero, en Italia, no tiene la misma función que en tu país o en el mío. El dinero circula en todas partes, pero allí la vida sigue en gran medida dominada por el intercambio de bienes, pollos, gavillas de trigo, una hoz o un carro, y el dinero sirve para obtener esos bienes. En cambio, como habrás advertido, en las ciudades italianas son los bienes los que sirven para obtener dinero. Y también los curas y los obispos, y hasta las órdenes religiosas, deben echar cuentas con dinero. Y así se explica que la rebelión contra el poder se manifieste como reivindicación d la pobreza, y se rebelan contra el poder los que están excluidos de la relación con el dinero, y cada vez que se reivindica la pobreza estallan los conflictos y los debates, y toda la ciudad, desde el obispo al magistrado, se siente directamente atacada si alguien insiste demasiado en predicar la pobreza.

Eco, Umberto. El nombre de la rosa. Barcelona: Lumen, 1982. ISBN: 84-264-1148-7

Este cuadro habla de todo lo que el mercado desprecia

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Le habían dicho que un comerciante de peso debía tener un cuadro en casa, por lo menos. Luego le hablaron de Bellini… El cuadro le había costado un riñón y todavía no acababa de entender por qué lo había pagado. Es cierto que parecían vivas Honoranda y Ginevra y Marietta, pero para eso tenía él los naturales en casa.

— Yo encargué una alegoría del mercado –dijo–, y el pintor se empeñó en las tres mujeres desnudas, no me digas por qué diablos… Seguro que Aldo… ¿Aldo, qué te pasa? Tienes cara de resucitado. Deberías estar bailando encima de la mesa con el negocio que acabas de firmar. Eres el único que no arriesga ni un cuartillo, y cincuenta ducados de oro que te acabas de embolsar. ¡Bebe un poco, haz el favor! A ver: dinos la relación que hay entre el mercado y tres mujeres jugando con una manzana.

— Es ironía –dijo, lacónico, Aldo. Y se tomó su tiempo para beberse entero el tazón de vino.

Andrea entrecerró los ojos mirando el cuadro, extrañado. Justo entraron en ese momento honoranda y Ginevra. Pierfrancesco y el notario las estuvieron comparando con sus desnudos, calibrándolas antes de elegir.

— El nudo de las Gracias representa lo contrario del mercado, lo que el mercado viene a eliminar –se soltó al fin Aldo–. El abrazo en corro entre las tres recuerda un tiempo en el que el dinero no existía. El ritmo de la generosidad une a las tres Gracias: la que da la manzana, la que la recibe y agradece, la que la devuelve. Es una exaltación del flujo sin interés de bienes entre los hombres, por el propio placer de regalar. Están desnudas porque no necesitan mentir: no venden. Este cuadro habla de todo lo que el mercado desprecia.

Azpeitia, Javier. El impresor de Venecia. Barcelona: Tusquets, 2016. p. 94-95. ISBN: 978-84-9066-273-1 

La persona es un mundo pequeño

poesiadelosnumerosEn la selva amazónica habita una tribu que no sabe nada en absoluto de números: son los pirahã, o hi’aiti’ihi, que significa «los rectos». Los pirahã muestran escaso interés por el mundo exterior. Rodeadas por infinidad de árboles, sus cabañas se arraciman en pequeños grupos a orillas del río Maici. La lluvia, gris y torrencial, se torna verde al caer sobre la exuberante fronda y las altas hierbas. El calor y la humedad son constantes, día tras día, lo que provoca que el rostro de los misioneros y lingüistas que visitan la región parezca continuamente abochornado. Los niños corretean desnudos por la aldea, sus madres llevan vestidos ligeros obtenidos mediante trueque con comerciantes brasileños. La misma fuente surte a los hombres de camisetas de vivos colores, restos de campañas políticas pasadas que instan a quien las ve a votar a Lula.

La población se alimenta de yuca, pescado fresco y tamandúa (oso hormiguero) asado. La labor de obtener alimento se divide en función del sexo. Las mujeres salen de las cabañas al alba para cultivar la yuca y recolectar leña, mientras que los hombres parten río arriba o río abajo para pescar. Pueden pasar el día entero así, arco y flecha en mano, observando el agua. Sin medios para almacenar el pescado, toda captura se consume rápidamente. Los pirahã distribuyen la comida de la siguiente manera: cada miembro de la tribu recibe aleatoriamente una generosa porción de comida hasta que se agota. Quienes no han recibido comida se la piden a un vecino, que debe compartirla. Este procedimiento termina solamente cuando todos se han saciado.

La mayor parte de lo que sabemos sobre los pirahã se debe a la labor de Daniel Everett, un lingüista californiano que ha dedicado treinta años a estudiarlos de cerca. Con perseverancia profesional consiguió entrenar gradualmente su oído hasta interpretar palabras y frases comprensibles en sus interjecciones cacofónicas; por el camino se convirtió en el primer extraño que se integraba en el modo de vida de la tribu.

El californiano comprobó asombrado que la lengua que estaba aprendiendo no tenía palabras específicas para medir el tiempo o la cantidad. Los nombres para los números, como «uno” o «dos», son algo desconocido. Los miembros de la tribu se quedaban confusos, cuando no indiferentes, ante cualquier pregunta relacionada con los números. Los padres no son capaces decir cuántos hijos tienen, pese a que recuerdan todos sus nombres. La mente de los pirahã no concibe planes o patrones que exceden un día de duración.

El trueque con comerciantes extranjeros consiste simplemente en darles nueces hasta que el comerciante indica que se ha alcanzado el precio. Nunca señalan con los dedos, ni los doblan para contar: cuando quieren indicar una cantidad se limitan a volver hacia abajo la palma de la mano, utilizando el espacio entre la mano y el suelo para dar a entender la altura que alcanzaría el montón formado por tal cantidad.

Al parecer, los pirahã no distinguen entre una persona y un grupo de personas, ni entre un pájaro, y una bandada, ni entre una partícula de harina de yuca y un saco de la misma harina. Para ellos, todo es pequeño (hói) o grande (ogii). Un guacamayo solitario es una bandada pequeña; la bandada, un guacamayo grande. En su Metafísica, Aristóteles muestra que el acto de contar requiere una comprensión previa de lo que es «uno». Para contar cinco, diez o veintitrés pájaros, primero debemos identificar un pájaro, una idea de pájaro que resulte aplicable a cualquier variedad. Pero a la tribu estas abstracciones le resultan completamente ajenas.

Con la abstracción, los pájaros se convierten en números. Las personas y las yucas también. Podemos contemplar una escena y decir: «Hay dos personas, tres pájaros y cuatro yucas”, pero también: «Hay nueve cosas» (sumando dos y tres y cuatro). Los pirahã no lo ven así. Ellos preguntan: «¿Qué son esas cosas? », «¿dónde están», «¿qué hacen? ». Un pájaro vuela, una persona respira y una yuca crece. No tiene sentido agruparlas. La persona es un mundo pequeño. El mundo es una yuca grande.

Tammet, Daniel. La poesía de los números. Barcelona: Blackie Books, 2015. p. 34-36.

ISBN: 978-84-16290-11-6