On bended knee is no way to be free

Todo había cambiado de repente: el tono, el clima moral. No sabías qué pensar, a quién escuchar. Era como si durante toda tu vida te hubieran llevado de la mano como a un niño pequeño y, de pronto, te encontraras solo y tuvieras que aprender a andar. Ya no quedaba nadie, ni la familia ni las personas cuya opinión merecía tu respeto. En aquel tiempo sentías la necesidad de comprometerte con algo absoluto -la vida, la verdad o la belleza- que gobernara tu vida y reemplazara unas leyes del hombre que habían sido descartadas. Sentías las necesidad de entregarte a una meta última con todas tus fuerzas, sin reservas, como no habías hecho nunca en los apacibles viejos tiempos, en la antigua vida que ahora estaba abolida y había desaparecido para siempre.

BORIS PASTERNAK, Doctor Zivago [pasaje subrayado en uno de los libros que se encontraron junto al cadáver de Chris McCandless.]

Krakauer, Jon. Hacia rutas salvajes. Barcelona : Ediciones B, 2007. ISBN: 978-84-96778-74-0. p. 147.

El mundo en los ojos de Martha

Lessing, Doris. La ciudad de las cuatro puertas.Barcelona: Argos Vergara, 1982. ISBN: 84-7178-409-2. p. 492-494.

Martha caminó, caminó mirando, contemplando largamente hasta que los ojos se le convirtieron en nubes, en árboles, en cielo y en el cálido saludo de la luz del sol sobre el trozo de tapia brillante. Pero, de pronto, el monitor le dijo con un hilo de voz al oído interior: “¿Es sólo vil el hombre?” Entonces ella volvió a bajar los ojos… y le entraron ganas de echar a correr y guarecerse de nuevo, encontrar un cobijo, cualquier sitio en que no tuviera que mirar a los seres que la rodeaban. Qué raza más extraña, mejor dicho, semirraza de seres inacabados, hechos a medias. Allí estaban, como babosas blandas y pálidas, u oscuras, de carne fláccida e inerte, cubierta de brotes de pelo, y con aquellas cosas en los pies que parecían pezuñas, y matas o cintas de pelo cayéndoles de las cabezas. Allí los tenía, rodeándola por todas partes, con sus cabezas huesudas y redondeadas, de las que salían unas aletas carnosas, a ambos lados, y luego en el centro aquella protuberancia con los dos respiraderos, y los ojos, ojos de jalea teñida de color y con un movimiento giratorio peculiar que les daba una vida propia, como si fueran seres aparte, un par de minúsculos animalitos que vivían engastados en la carne del rostro, aunque, de todos modos, estos órganos, los ojos, presentaban un aspecto que contradecía la función por la que habían sido creados, la vista, la capacidad de observación, puesto que con cuantos más pares de ojos se cruzaba Martha, mayor era la impresión de que estaban todos semidrogados, o medio dormidos, amodorrados, como si hubieran sido hipnotizados o envenenados. Porque aquella gente caminaba por calles llenas de porquería maloliente, cubiertas de papeles sucios, y no parecían verlo, como si no estuvieran allí, como si estuvieran en otra parte: y era indudable que estaban en otra parte, porque sólo uno de cada cien de esos semianimales hubiera podido decir: “Estoy aquí, ahora, consciente de ello, del momento presente y consciente de todo lo que me rodea”, y la mayoría estaba enfrascada en imaginarse cómo él, ella, salía vencedor de la discusión con el casero, el tendero o el colega, o cómo hacía el amor, o cómo el hijo había hecho tal cosa, o cómo iba a comer tal otra. Le resultó insólitamente doloroso, como si la embargara una pena humillante, tener que caminar y mezclarse con el prójimo, tener que observarlos, observarnos, a nosotros, la raza humana, desde la perspectiva de unos extraterrestres que hubieran descendido a visitaros a Londres o a cualquier otra ciudad, con el propósito de redactar un informe. “Este planeta está superpoblado por unos animales de desarrollo defectuoso que…”

Los ojos, por ejemplo, habían quedado casi inutilizables: muchos tenían que llevar trozos de cristal para compensar su deterioro o mal crecimiento, los oídos tampoco funcionaban bien: muchos llevaban unas máquinas para oír los sonidos proferidos por el prójimo: y tenían las bocas llenas de trozos de metal y otras sustancias extrañas para detener el proceso de podredumbre de los dientes, y algunos habían tenido que sacarse toda la dentadura y sustituirla por otra postiza; y tenían los intestinos llenos de drogas porque no podían defecar normalmente; y los sistemas nerviosos amodorrados por las drogas que tomaban para aminorar los efectos perjudiciales de los cuchitriles en que habían elegido vivir, el miedo, la ansiedad y la tensión de sus vidas. Y apestaban. Olían horriblemente, a algo espantoso, a pesar de las sustancias químicas de olor dulce o fragancia intensa que se ponían encima para disimularlo. Estaban inmersos en un aire que era como un espeso puré de gasolina y humos que inhalaban como narcótico, y del aire sucio que provenía de los intestinos.

Pero lo más aterrador de esta raza es lo siguiente: que caminaban, se movían y pasaban la vida en perpetuo estado de sonambulismo; no eran conscientes de sí mismos, ni de los otros, de lo que que sucedía a su alrededor. Ni los mismos jóvenes, aunque hay que reconocer que eran un poco mejor que los viejos; de vez en cuando se veía un grupo de ellos en la calle, mirando pasar a los otros: de pie, con abundantes matas de pelo cayéndoles por las caras, y las aberturas de los rostros tensas por los sonidos que producen para comunicarse, emitiendo una serie de bufidos estrepitosos como forma de expresar sorpresa, o la necesidad de liberarse de la tensión. Pero ellos tampoco eran capaces de escuchar lo que decían sus compañeros, o si escuchaban, era solamente en relación con los sonidos que hacían ellos, como si cada uno estuviera encerrado en una jaula invisible que le impedía ponerse en contacto con los pensamientos, las vidas o las necesidades del prójimo. Son seres básicamente aislados, encerrados en sí mismos, en el interior de sus cuerpos de aspecto poco agradable y de funcionamiento defectuoso, tras sus ojos amodorrados por las drogas, presos por una red de deseos y necesidades que los incapacita para pensar en otras cosas.