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Premysl Otakar II, hijo de Venceslas I, lleva, al igual que su abuelo, el sobre nombre de su antepasado, Premysl el Labriego, quien, en tiempos inmemoriales, fue aceptado como esposo por la reina Libuše, legendaria fundadora de Praga. Más que ningún otro con ese apodo, excepción hecha de su abuelo sin duda, Premsyl Otakar II se siente depositario de la grandeza del reino. Y a este respecto nadie puede acusarlo de no haberlo merecido: gracias a sus recursos argentíferos, Bohemia ha logrado por término medio, desde el principio de su reinado, una renta anual de 100.000 marcos de plata, lo que la convierte en una de las regiones más ricas de la Europa del siglo XIII, cinco veces más rica que Baviera, por ejemplo.

Pero el que se hace llamar “rey el hierro y el oro”, lo que, dicho sea de paso, no hace justicia al metal con que labró su fortuna, no quiere, al igual que los demás reyes, contentarse con lo que ya tiene. Sabe que la prosperidad del reino está estrechamente ligada a sus minas de plata, y desea incrementar la explotación. Todos esos yacimientos durmientes, aún inviolados, le quitan el sueño. Urge aumentar la mano de obra. Y los checos los campesinos, no mineros.

Otakar, pensativo, contempla Praga, su ciudad. Desde las almenas de su castillo ve los mercados que proliferan alrededor del inmenso puente Judith, uno de los primeros edificios en piedra erigidos para reemplazar a los viejos de madera, situado sobre el emplazamiento del futuro puente Carlos, que comunica la Ciudad Vieja con el barrio de Hradčany, aún no llamado Mala Strana. Pequeños puntos coloreados se afanan en torno a los puestos de mercancías con todo tipo de géneros, telas, carne, frutas y legumbres, alhajas, metales labrados… Todos esos comerciantes son alemanes, está seguro. Los checos son un pueblo de gente rústica, no ciudadanos, y hay una punzada de lástima, incluso de desprecio, en esta reflexión del soberano. Otakar sabe también que son las ciudades las que crean el prestigio de los reinos, y que una nobleza digna de ese nombre no se queda en sus tierras, sino que acude a formar lo que los franceses llaman “la corte”, junto a su rey. En aquella época, toda Europa se desvela por copiar ese modelo, y Otakar, como todo el mundo, no escapa de la influencia de la cortesía francesa, por más que para él Francia sólo es una realidad lejana y por tanto bastante abstracta. Cuando Otakar piensa en ese noble concepto de la caballería, se imagina a los caballeros teutónicos a cuyo lado combatió en Prusia durante la cruzada de 1255. ¿No ha fundado él mismo Königsberg con la punta de su espada? Otakar está totalmente volcado hacia Alemania porque las cortes alemanas encarnan, a sus ojos, la nobleza y la modernidad. Para que de ello se beneficie su reino, ha decidido, en contra de la opinión de su consejero paladino y sobre todo en contra de la opinión del preboste de Vyšehrad, su canciller, comprometerse a una amplia política de inmigración alemana en Bohemia, justificada por las necesidades de mano de obra para sus minas. De lo que se trata es de incitar a cientos de miles de colonos alemanes para que vengan a establecerse a su próspero país. Al favorecerlos, al otorgarles privilegios fiscales y de tierras, Otakar espera obtener a cambio unos aliados que debiliten las posiciones de la nobleza local, los Ryzmburk, los Vítek, los Falkenstein, siempre demasiado amenazadores y ambiciosos, que sólo le inspiran recelo y desdén. La Historia demostrará, con el ascenso al poder de los partidos alemanes en Praga, en Jihlava, en Kutná Hora, y después en toda Bohemia y Moravia, que la estrategia fue la apropiada, aunque Otakar no vivirá lo suficiente para sacarle provecho.

Sin embargo, a la larga, fue una pésima idea.

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Al día siguiente del Anschluss, Alemania, con una prudencia como nunca se le había conocido, multiplica los comunicados de apaciguamiento dirigidos a Checoslovaquia: ésta, por su parte, no teme en absoluto una próxima agresión, y eso que la anexión de Austria y el consiguiente sentimiento de cerco podrían inquietar legítimamente a los checos.

Se ha dado una orden general, con el fin de evitar toda tensión inútil, par que las tropas alemanas que penetren en Austria no se acerquen por ningún lado a menos de 15 ó 20 kilómetros de la frontera checa.

Pero en los Sudetes, la noticia del Anschluss provoca un entusiasmo extraordinario. De pronto, sólo se habla de ese fantasma final: la integración en el Reich. Las manifestaciones y provocaciones se multiplican. Se crea una atmósfera de conspiración generalizada. Proliferan las octavillas y los pasquines de propaganda. Los funcionarios y los empleados alemanes se proponen sabotear sistemáticamente las órdenes del gobierno checoslovaco orientadas a contener la agitación separatista. El boicot a  las minorías checas en las zonas de lengua alemana adquiere una dimensión sin precedentes. Beneš dirá en sus memorias que le sobrecogió aquella especie de romanticismo místico que, de repente, poseyó a todos lo alemanes de Bohemia.

Binet, Laurent. HHhH. Barcelona: Seix Barral, 2011. p. 84-87. ISBN: 978-84-322-0932-1

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