¿Sabéis lo que es el orden, pajarillos?

La rebelión. Jospeh Roth

Cada día era más hermoso que el anterior.

No sólo se notaba en el patio, a la hora del paseo reglamentario. Incluso se podía decir que en el patio era donde menos se notaba. Porque el aire estaba enrarecido, y aunque el cielo se curvaba sobre sus elevados muros, parecía como si lo cubriera un tejado invisible. Jamás daba el sol en aquel patio. De ahí que su empedrado estuviera siempre húmedo, como si segregase sudor. Era como una enfermedad de los adoquines.

Por otra parte, los gorriones acudían diariamente a la ventana de la celda, como si quisieran recordar a Andreas su promesa. Esto le daba pena. Miraba a lo alto y contemplaba dolorido aquellos seres pequeños y ruidosos. Pronunciaba discursos en silencio y su corazón hablaba a los animales sin que sus labios se moviesen. Mis pequeños y amados pajarillos, me habéis sido extraños durante muchos años, y me resultabais indiferentes como el estiércol de los caballos que, en medio de la calle, os sirve también de alimento. Os oía gorjear, pero era para mí como el zumbido de los abejorros. No sabía que podían estar hambrientos. Apenas si sabía que los seres humanos, mis semejantes, podían estar hambrientos. Sabía apenas lo que es el dolor, aunque estuve en la guerra y perdí una pierna, de la rodilla para abajo. Puede que no fuera un ser humano. O estaba enfermo, con el corazón dormido. Porque puede darse una cosa semejante. El corazón está sumido en un profundo sueño, late y late, pero es como si hubiese muerto. Mi pobre cabeza no tenía ideas propias. Porque la naturaleza no me ha dotado de un gran discernimiento, y mi pobre inteligencia fue engañada por mis padres, por la escuela, por el sargento, por el capitán y por los periódicos que me daban a leer. ¡No me guardéis rencor, pajarillos! Me sometí a las a leyes de mi país, porque creí que las había ideado una inteligencia superior a la mía, y que una gran justicia las ejecutaba en nombre del Señor que creó el Universo. ¡Ah, qué pena que haya tenido que vivir más de cuatro décadas para darme cuenta de que estaba ciego a la luz de la libertad, y de que sólo ahora, en la oscuridad de la prisión, he aprendido a ver! Yo he querido alimentaros, pero se me ha prohibido. ¿Por qué? Porque ningún preso había manifestado dicho deseo hasta ahora. ¡Ah, tal vez se tratase de gente más joven,  más ágil, y no pensasen al veros en vuestra miseria, sino en su libertad, pajarillos, y yo sé muy bien por qué os amo! También sé por qué no os conocía cuando yo mismo estaba libre. Porque entonces, a pesar de ser cojo, era estúpido y viejo, libre como vosotros, y no sospechaba que mil cárceles me esperaban, que me acechaban en las distintas partes del país. ¡Ya lo veis! Quería daros de mi pan, pero el orden lo prohíbe. Eso es la prisión para los hombres. ¿Sabéis lo que es el orden, pajarillos?

Roth, Joseph. La rebelión. Barcelona: Acantilado, 2008. p. 121-122. ISBN: 978-84-96834-30-9

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