La biblioteca de Jubilee

La vida de las mujeres / Alice Munro  El odio de los  chicos era peligroso, era penetrante y vivo, un legado prodigioso, como la espada de Arturo arrancada de la piedra del libro de lectura de séptimo. El odio de las chicas, en comparación, parecía confuso y lacrimógeno, amargamente defensivo. Los chicos se te echaban encima en sus bicicletas y hendían el aire por donde habías pasado, grandiosamente, sin piedad, como si lamentaran no tener cuchillos en las ruedas. Y decían cualquier cosa.

Decían, en voz baja: “Hola, furcias”.

Decían: “Eh, ¿dónde tenéis el agujero de follar?”, con un tono de alegre repugnancia.

Decían cosas que te arrebataban la libertad de ser lo que querías, te reducían a lo que ellos veían, y eso solo bastaba para provocarles arcadas. Mi amiga Naomi y yo nos decíamos: “Haz como que oyes llover”, ya que éramos demasiado orgullosas para cruzar la calle y evitarlos. A veces les contestábamos a gritos: “¡Id a lavaros la boca en el abrevadero, que el agua potable es demasiado buena para vosotros!”.

Después del colegio Naomi y yo no quisimos ir a casa. Miramos los carteles de la película que proyectaban en el Lyceum Theatre y las novias del escaparate del fotógrafo, y luego fuimos a la biblioteca, que se encontraba en el edificio del ayuntamiento. A un lado de la puerta principal, en las ventanas, se leían las letras: SERV CIO DE SEÑ RAS. Al otro lado se leía SALA DE LE TURA PÚBL C. Las letras que faltaban nunca habían sido sustituidas. Todo el mundo había aprendido a leer las palabras sin ellas.

Junto a la puerta había una cuerda; colgaba de la campana que había debajo de la cúpula, y en el letrero marronáceo que había al lado se leía: “100 dólares de multa por uso indebido”. En las ventanas del servicio de señoras se sentaban las mujeres de los granjeros, con sus pañuelos y chanclos de goma, a esperar que sus maridos pasaran a recogerlas. En la biblioteca casi nunca había nadie aparte de la bibliotecaria. Bella Phippen, sorda como una tapia y coja como consecuencia de la polio. El concejo municipal le había ofrecido el cargo de bibliotecaria porque nunca habría conseguido un empleo como era debido. Se pasaba la mayor parte del tiempo en una especie de nido que se había construido detrás del escritorio, con cojines, mantas afganas, latas de galletas, un hornillo eléctrico, una tetera y una maraña de bonitas cintas. Su hobby era confeccionar alfileteros. Todos eran iguales: una muñeca Kewpie vestida con esas cintas, que formaban una falda de aro sobre el alfiletero en sí. Regalaba uno a cada chica que se casaba en Jubilee.

Una vez le pregunté dónde podía encontrar algo, y rodeó el escritorio arrastrándose, cojeó pesadamente a lo largo de los estantes y regresó con un libro. Me lo dio, diciendo con la voz fuerte y solitaria del sordo:

— Ahí tienes un libro precioso

¿Era The Winning of Barbara Worth?

La biblioteca estaba llena de libros como ese. Eran libros viejos, de color azul, verde o marrón apagado, con las cubiertas ligeramente emblandecidas y sueltas. El frontispicio a menudo era una acuarela pálida de una dama con un vestido estilo Gainsborough, y una cita debajo que decía algo así: “Lady Dorothy se refugió en la rosaleda para meditar mejor sobre el alcance de ese misterioso mensaje (p. 112)”.

Munro, Alice. La vida de las mujeres. Barcelona: Lumen, 2011. p. 107-108. ISBN: 978-84-264-1947-7

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