Entre la Patagonia y el Patriarcado

Aquí yacen dragones / Fernando León de Aranoa

Cuando Ángela despertó, Eusebio ya no estaba en su cuento. Había huido, cansado de repetir todos los días la misma historia.

Confundida, preguntó en otros cuentos vecinos. Quería disculparse, hablar con él. Cambiar, en la medida de lo posible, la rutina de su ficción. Un personaje de un relato próximo aseguró haberle visto en una enciclopedia ilustrada, perdido entre definiciones y tecnicismos a la altura de la P, en algún lugar indeterminado entre la Patagonia y el Patriarcado.

Decían que, llevado por sus aires de grandeza, había intentado entrar en una conocida novela rusa clásica, encuadernada en cuero y con el título impreso en letra inglesa dorada, pero sólo eran rumores.

Ángela no le creyó capaz de tanto. Y además Eusebio no tiene patronímico. Volverá pronto, se dijo.

Pero las noticias que llegaban no eran alentadoras. Se le había visto vagando sin rumbo por el prólogo de un manual científico, de donde fue expulsado sin miramientos. Luego trató de entrar en una obra de gran aliento poético, pero pronto le delataron sus modos torpes, la inexactitud de sus parlamentos: su presencia en ella alteraba el perfecto equilibrio del texto. Eusebio probó suerte entonces en un par de novelas negras de bolsillo, pero desconocía los códigos del género. A punto estuvo de morir varias veces en relato ajeno, y no hay peor muerte que la de aquel que muere lejos de su cuento.

Ángela quiso llorar al saberlo, pero no puedo. Su personaje no tenía la profundidad necesaria. A fin de cuentas, se  consoló, su amor era ficticio.

Eusebio, mientras tanto, disfrutaba de su recién adquirida libertad. Paseó por un par de cuentos infantiles, pero los encontró poblados de padres coléricos y monstruos devoradores de niños, por lo que escapó de ellos a la carrera. Consiguió acceder a una novela juvenil, de esas habitadas por adolescentes que hacen novillos, intercambian secretos veniales y cantan canciones alrededor de una hoguera en la playa, pero levantó sospechas por su edad, y hubo de dar explicaciones a la policía. Eusebio probó suerte entonces en una novela erótica. Siempre quiso alternar con chicas que se llamaban Evelyn o Shanon, y que se desnudaban sin excepción antes de la cuarta linea del segundo párrafo. No tienes más que apoyar descuidadamente una mano en sus muslos para que se desabrochen el sostén, le había dicho Angelito, uno de los personajes secundarios de su cuento, que había hecho también figuración en una popular colección de novelitas eróticas que se vendieron en los kioscos a finales de los años setenta. La experiencia en compañía de esas mujeres le resultó gratificante, pero se aburrió pronto: no tenían conversación.

Mientras, Ángela se torturaba tratando de imaginar dónde estaría Eusebio. ¿Y si hubiera escapado a la realidad? Dicen que en ella la gente muere de verdad.

León de Aranoa, Fernando. Aquí yacen dragones. Barcelona: Seix Barral, 2013. p. 37-38. ISBN: 978-8432215544.    

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