Ingebjørg me amó cuando estuve en Stavanger

El vendedor de cuentos / Jostein GaarderObviamente, no todo lo que vendí se convirtió en libros, pero reconozco mi parte de responsabilidad en la inflación literaria de la que fuimos testigos durante el último cuarto del siglo XX. Se dijo que se publicaban demasiados libros. A finales de la década de los setenta, importaron a un crítico danés que se leyó todas las colecciones de poesía de ese año. Concluyó que casi ninguna de ellas daba la talla. No obstante, el problema no ha sido siempre el exceso de producción de libros malos, también lo ha sido el exceso de producción de buenos libros. Pertenecemos a una estirpe de muchas palabras. Producimos más cultura de la que somos capaces de digerir.

En lo últimos años hemos luchado con gran obstinación contra las pintadas en el metro, a la que vez que estamos gastando millones de coronas en construir una nueva biblioteca nacional. Pero también se hacen pintadas en la memoria nacional. Nietzsche comparó a un ser humano que se ha atiborrado de cultura con una serpiente que se ha tragado una liebre y se queda dormitando al sol incapaz de moverse.

Pasaron ya los tiempos de los epigramas. Debajo de los viejos muelles de la ciudad de Bergen se ha encontrado un pequeño poste de madera con la siguiente inscripción rúnica: Ingebjørg me amó cuando estuve en Stavanger. Es un suceso que debió de causar bastante impresión al escritor, y también al lector ocho o novecientos años más tarde. Hoy ese parco poeta en palabras habría “pintado” la memoria de la posteridad con una novela de cuatrocientas páginas sobre su breve encuentro amoroso con Ingebjørg. La paradoja es que si en esos ochocientos años se hubieran escrito tantas novelas como en la década de los setenta, no habríamos sido capaces de abrirnos camino entre la ingente cantidad de tradición escrita hasta la historia simple pero divertida sobre Ingebjørg: Ingebjørg-me-amó-cuando-estuve-en-Stavanger. Esa apasionada historia de amor está reducida a la mínima expresión, y sin embargo llena de connotaciones. Además, deja al lector la posibilidad de adivinar. No se sigue adivinando después de haber leído una novela de cuatrocientas páginas.

Gaarder, Jostein. El vendedor de cuentos. Madrid: Siruela, 2012. p. 99-100. ISBN: 978-84-15723-64-6

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