La desobediencia como crucero por el Caribe

BUM

Rubia. Morena. Flaca. Gorda. Lista. Tonta. Rica. Pobre. Desgraciada. Feliz.

En el patio de la facultad, en mi primer día de clases, me entretenía clasificando a las chicas que pasaban ante mí. Chicas raras, sonrientes, desesperadas, locas, chicas de ojos llorosos que nunca iba a conocer.

Aquejado de hipotermia emocional, con el peso de la soledad de años, me enamoraba de todas, fueran como fueran. Todas eran fascinantes, a su manera. Todas tenían nidos en la cabeza, y dedos ágiles, y piernas de tijera que pasaban ante mí cortando el espacio. Sentado allí, metido en la camiseta de una compañía de mudanzas, tejanos negros y bambas de baloncesto, me enamoraba de todas.

A media mañana, el día era ya un funeral de verano; de cosas que están a punto de acabarse. Sentado allí, en el claustro de columnas, las moreras y el agosto de mi pueblo adoptivo parecían empezar a alejarse poco a poco, y Sant Boi se despedía decididamente de mí con un pañuelo de seda. Era el 25 de septiembre de 1996, un jueves. Hacía un viento frágil que empezaba a enfriarse.

Y entonces: Enfadada. Anoréxica. Fea. Punk. Borde. Chivata. Brillante. Traidora. Las chicas seguían pasando con sus carpetas, sin fijarse en mí.

No me importaba saber que su salvajismo y desparpajo estaban, en algunos casos, condenados a muerte. Que era su único tubo de escapa, y estaba a punto de atascarse; como universitarios que sólo se emborrachan al terminar los exámenes, heavys a punto de cortarse el pelo y casarse con grandes gordas. Rebeldes de media jornada, nihilistas de colonia de verano que, cuando vuelven a casa, retornan a su rutina diaria. Y su insurrección pequeñita queda como un souvenir, como un burrito de paja que se trajeron de sus vacaciones en el desmadre de otros.

La desobediencia como crucero por el Caribe. El inconformismo como intermedio, como tiempo muerto, como actividad extraescolar, como apuntarse a cursos de ballet o guitarra o alemán. Como algo que hacer hasta que llega la hora de madurar y hacerse adulto y retour à la normale, olvidarlo todo, ¿qué fue sino una locura de juventud? Esa turbulencia ociosa de temporada, que tanto me había irritado siempre, aquella mañana me parecía graciosa.

Amat, Kiko. Cosas que hacen BUM. Barcelona: Anagrama, 2007. p. 38-39. ISBN: 978-84-339-3218-1

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