Es mierda en la boca, pero oficialmente se llama helado

Tuzla, Bosnia

Ensayábamos en la Casa del Ejército.

Para verle sentido a este título es necesario entender la naturaleza del peculiar comunismo yugoslavo. Pongamos a los arquitectos como ejemplo. Digamos que hay que construir un edificio público. En el comunismo no es el mejor arquitecto quien llega a construirlo; quien lo construye es el individuo (casi siempre un hombre) con mayor rango del Partido que, de paso, es arquitecto. Y para alcanzar el rango hay que lamer muchos culos, formar parte de comités sobre asuntos de los que uno no sabe nada, soportar años de discursos soporíferos, escribir y pronunciar discursos soporíferos durante años, y emborracharse cada noche con los gerifaltes para demostrar que uno participa en la comunidad y su vida social. Para entonces, uno es burócrata en un 98 por ciento y arquitecto en un 2 por ciento. Por eso los edificios públicos de los Balcanes parecen todos archivadores y por eso, a su vez, casi siempre se los llama “casa” (Casa de la Sanidad, Casa de la Juventud, Casa de los Trabajadores, Casa del Ejército): con la finalidad de evocar esa sensación de calidez interior y compensar así su verdadera impersonalidad. Es mierda en la boca, pero oficialmente se llama helado.

Ensayábamos en la Casa del Ejército.

Prcić, Ismet. Esquirlas. Barcelona: Blackie Books, 2013. p.118. ISBN: 978-84-938817-6-4

Contra la voracidad

Irène Némirovsky

Quieren hacernos creer que vivimos en una  época comunitaria en la que el individuo debe perecer para que la sociedad viva, y no queremos ver que es la sociedad la que perece para que vivan los tiranos.

Esta época que se cree “comunitaria” es más individualista que la del Renacimiento o la de los grandes señores feudales. Todo ocurre como si en el mundo hubiera una suma de libertad y poder compartida tan pronto entre millones como entre uno solo y millones. “Tomad mis sobras”, dicen los dictadores. De modo que no me vengan con el espíritu comunitario. Estoy dispuesto a morir, pero como francés y como racional, quiero entender por qué muero, y yo, Jean-Marie Michaud, muero por P. Henriot, P. Laval y otros señores, del mismo modo que un pollo al que matan para servirlo en la mesa de los traidores. Y yo sostengo que el pollo vale más que los que se lo comerán. Sé que soy más inteligente, mejor, más valioso a los ojos del bien, que los susodichos. Ellos tienen la fuerza, pero una fuerza temporal e ilusoria. Se la quitará el tiempo, una derrota, un capricho del destino, la enfermedad (como ocurrió en el caso de Napoleón)… Y la gente se quedará boquiabierta: “¿Cómo?–dirá–. ¿Y esto era lo que nos hacía temblar?” Tengo auténtico espíritu comunitario si defiendo mi parte y la de todos contra la voracidad. El individuo no tiene valor si no siente a los otro hombres. Pero que sean “los otros hombre”, no “un hombre”. La dictarua se funda en esa confusión. Napoleón sólo desea la grandeza de Francia, dice, pero le grita a Metternich: “la vida de millones de hombres me importa un comino”.

Némirovsky, Irène. Suite francesa. Barcelona: Salamandra, 2012. p. 420. ISBN: 978-84-9838-370-6