Deseo frente a tanta nada

Nadia Comaneci

Ante ese vertedero de posibilidades, Béla se ve impotente. Todas esas imágenes superfluas, ese ruido de fondo, son grasas amenazantes. Hay quien dice de Onesti que, una vez has dado la vuelta a la ciudad, lo único que puedes hacer es volver a darla en sentido contrario. Sin embargo, se trata de un vacío que no es un vacío, esa quietud de carretera despejada, ese espacio, el aire que deja sitio al gesto. El silencio entre árboles, escaparates de frutas y verduras terrosas e irregulares, unas cuantas muñecas en la única tienda de juguetes y pequeños patios donde jugar hasta que se pone el sol, luego uno vuelve a casa y escucha música en la radio o lee un buen rato antes de acostarse. Esas barreras contienen un cielo al revés; son sus ofertas ilimitadas las que reducen el espacio, ese vals occidental del que uno sale mareado después de tantas vueltas.

– Esa abundancia ¿la impresionaba?

– Desde luego. Mire, la primera vez que mi madre viajó a Occidente fue a un suburbio de Nueva Jersey. Pues bien, se puso a llorar en los pasillos de un pequeño supermercado.

Intento comprender. Acaso lloraba Stefania de felicidad, de emoción por aquellas nuevas posibilidades de elección, por el hecho mismo de poder elegir, y Nadia me corta, casi brutal. Por la repugnancia ante aquella acumulación absurda, me corrige. De tristeza por sentirse invadida de deseo frente a tanta nada.

– En nuestro país no teníamos nada que desear. En el suyo, en cambio, uno está permanentemente obligado a desear.

Lafon, Lola. La pequeña comunista que no sonreía nunca. Barcelona: Anagrama, 2015. p. 83-84. ISBN: 978-84-339-7916-2.