Y los reyes son los mercaderes

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— ¿Qué habrá querido decirnos? –pregunté.

— Todo y nada. Una abadía es siempre un sitio donde los monjes luchan entre sí para conseguir el gobierno de la comunidad. También ocurre en Melk, aunque, siendo novicio, puede que aún no hayas tenido tiempo de percibirlo. Pero en tu país conquistar el gobierno de una abadía significa conquistar una posición desde la cual se trata directamente con el emperador. En este país, en cambio, la situación es distinta, el emperador está lejos, incluso cuando baja hasta Roma. No hay cortes, y ahora mismo ni siquiera existe la del Papa. Como ya habrás visto, lo que hay son ciudades.

— Si, y me han impresionado mucho. En Italia la ciudad no es como en mi tierra… No es sólo un sitio para habitar: es un sitio para tomar decisiones. Siempre están todos en la plaza, los magistrados de la ciudad importan más que el emperador o que el Papa… Son… reinos aparte.

— Y los reyes son los mercaderes. Y su arma es el dinero. El dinero, en Italia, no tiene la misma función que en tu país o en el mío. El dinero circula en todas partes, pero allí la vida sigue en gran medida dominada por el intercambio de bienes, pollos, gavillas de trigo, una hoz o un carro, y el dinero sirve para obtener esos bienes. En cambio, como habrás advertido, en las ciudades italianas son los bienes los que sirven para obtener dinero. Y también los curas y los obispos, y hasta las órdenes religiosas, deben echar cuentas con dinero. Y así se explica que la rebelión contra el poder se manifieste como reivindicación d la pobreza, y se rebelan contra el poder los que están excluidos de la relación con el dinero, y cada vez que se reivindica la pobreza estallan los conflictos y los debates, y toda la ciudad, desde el obispo al magistrado, se siente directamente atacada si alguien insiste demasiado en predicar la pobreza.

Eco, Umberto. El nombre de la rosa. Barcelona: Lumen, 1982. ISBN: 84-264-1148-7

Este cuadro habla de todo lo que el mercado desprecia

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Le habían dicho que un comerciante de peso debía tener un cuadro en casa, por lo menos. Luego le hablaron de Bellini… El cuadro le había costado un riñón y todavía no acababa de entender por qué lo había pagado. Es cierto que parecían vivas Honoranda y Ginevra y Marietta, pero para eso tenía él los naturales en casa.

— Yo encargué una alegoría del mercado –dijo–, y el pintor se empeñó en las tres mujeres desnudas, no me digas por qué diablos… Seguro que Aldo… ¿Aldo, qué te pasa? Tienes cara de resucitado. Deberías estar bailando encima de la mesa con el negocio que acabas de firmar. Eres el único que no arriesga ni un cuartillo, y cincuenta ducados de oro que te acabas de embolsar. ¡Bebe un poco, haz el favor! A ver: dinos la relación que hay entre el mercado y tres mujeres jugando con una manzana.

— Es ironía –dijo, lacónico, Aldo. Y se tomó su tiempo para beberse entero el tazón de vino.

Andrea entrecerró los ojos mirando el cuadro, extrañado. Justo entraron en ese momento honoranda y Ginevra. Pierfrancesco y el notario las estuvieron comparando con sus desnudos, calibrándolas antes de elegir.

— El nudo de las Gracias representa lo contrario del mercado, lo que el mercado viene a eliminar –se soltó al fin Aldo–. El abrazo en corro entre las tres recuerda un tiempo en el que el dinero no existía. El ritmo de la generosidad une a las tres Gracias: la que da la manzana, la que la recibe y agradece, la que la devuelve. Es una exaltación del flujo sin interés de bienes entre los hombres, por el propio placer de regalar. Están desnudas porque no necesitan mentir: no venden. Este cuadro habla de todo lo que el mercado desprecia.

Azpeitia, Javier. El impresor de Venecia. Barcelona: Tusquets, 2016. p. 94-95. ISBN: 978-84-9066-273-1