¿Qué opinas de la revolución del MP3?

Franzen, libertad, y la reinita cerúleaP: Vale, Richard Katz, han pasado ya tres años desde Lago Sin Nombre, y dos exactamente desde que Walnut Surprise fue nominado para un Grammy. ¿Puedes hablarme un poco de cómo ha cambiado tu vida desde entonces?

R: No puedo contestar a eso. Debes hacerme mejores preguntas.

P: Bueno, pues entonces, puedes hablarme un poco de tu decisión de volver a dedicarte a un trabajo manual. ¿Te sientes bloqueado artísticamente?

R: En serio, cambia de rollo.

P: Vale, ¿qué opinas de la revolución del MP3?

R: Ah, revolución, vaya. Me encanta oír la palabra “revolución”. Me encanta que ahora una canción cueste exactamente lo mismo que un paquete de chicle y dure exactamente el mismo tiempo hasta que pierde su sabor y tienes que gastarte otro pavo. Esos tiempos que por fin se acabaron, no sé… ayer… ya me entiendes, esos tiempos en que fingíamos que el rock era el azote del conformismo y el consumismo, en lugar de su siervo ungido… a mí esos tiempos me resultaban de verdad irritantes. Me parece bueno para la honradez del rock and roll y bueno para el país en general que por fin veamos a Bob Dylan e Iggy Pop tal como fueron en realidad: como fabricantes de chicles de menta.

P: ¿Quieres decir entonces que el rock ha perdido su carácter subversivo?

R: Quiero decir que nunca ha tenido carácter subversivo. Siempre ha sido chicle de menta, y simplemente nos gustaba creer lo contrario.

P: ¿Y qué me dices de cuando Dylan se pasó a la guitarra eléctrica?

R: Si vas a hablar de historia antigua, remontémonos a la Revolución francesa. Acuérdate de cuando aquel… cómo se llamaba… aquel rockero que compuso la Marsellesa, Jean Jacques no sé cuántos… acuérdate de cuando su canción empezó a acaparar todo aquel tiempo en antena en 1972, y de pronto el campesinado se sublevó y derrocó a la aristocracia. Ésa sí fue una canción que cambió el mundo. Descaro, eso es lo que les faltaba a los campesinos. Ya tenían todo lo demás: un estado de servidumbre humillante, una miseria absoluta, deudas impagables, condiciones laborales espantosas. Pero sin una canción, tío, todo eso se quedaba en nada. El estilo sans-culotte fue lo que de verdad cambió el mundo.

P: ¿Y cuál es el siguiente paso para Richard Katz?

R: Estoy implicándome en la política republicana.

P: Ja, ja.

R: En serio. La nominación para un Grammy fue un honor tan inesperado que considero un deber sacarle el máximo provecho en este año electoral crítico. Se me ha concedido la oportunidad de participar en la música pop convencional y fabricar chicles y ayudar a convencer a los chicos de cartorce años de que la imagen y la sensación creadas por los productos de Apple Computer indican el compromiso de Apple Computer para convertir el mundo en un lugar mejor. Porque convertir el mundo es un lugar mejor es guay, ¿no? Y Apple Computer debe de estar mucho más comprometida con un mundo mejor, proque los iPods son mucho más guays que otros reproductores MP3, y por eso son mucho más caros e incompatibles con el software de otras marcas, porque… bueno, la verdad es que no está muy claro por qué en un  mundo mejor los productos más superguays deben dejar unos beneficios superescandalosos a un reducidísimo número de habitantes de dicho mundo mejor. Puede que éste sea uno de esos casos en que tienes que dar un paso atrás y observar las cosas con perspectiva y entender que llegar a tener tu propio iPod es en sí mismo lo que convierte el mundo en un lugar mejor. Y eso es lo que considero tan refrescante en el Partido Republicano. Dejan en manos del individuo la decisión de cómo podría ser un mundo mejor. Es el partido de la libertad, ¿no? Por eso no me explico por qué esos moralistas cristianos intolerantes tienen tanta influencia en el partido. Esa gente es antielección. Algunos incluso se oponen al culto al dinero y los bienes materiales. Creo que el iPod es la verdadera cara de la política republicana, y yo soy partidario de que la industria de la música se ponga seriamente al frente de esto y sea más activa políticamente, y se levante orgullosa y diga en voz alta: a nosotros los del sector de la fabricación del chicle no nos interesa la justicia social, no nos interesa la información precisa y objetivamente comprobable, no nos interesa el trabajo con sentido, no nos interesa un conjunto coherente de ideales nacionales, no nos interesa la sabiduría. Nos interesa elegir lo que nosotros queremos escuchar y pasar de todo lo demás. Nos interesa ridiculizar a la gente que tiene la poca educación de no querer ser guay como nosotros. Nos interesa concedernos un capricho para sentirnos bien cada cinco minutos sin tener que pensar. Nos interesa la implacable explotación y aplicación de nuestros derechos de propiedad intelectual. Nos interesa convencer a los niños de diez años para que gasten veinticinco dólares en una fundita de silicona guay para el iPod, cuya fabricación le cuesta a la filial autorizada de Apple Computer treinta y nueve centavos.

Franzen, Jonathan. Libertad. Barcelona: Salamandra, 2011. p. 243-246. ISBN: 978-84-9838-397-3