La vida, en suma, sólo quiere ser

 

Liquenes

Cuando lo consideras desde una perspectiva humana, y es evidente que nos resultaría difícil hacerlo de otro modo, la vida es una cosa extraña. Estaba deseando ponerse en marcha, pero luego, después de ponerse en marcha, pareció tener muy poca prisa por seguir.

Consideremos el liquen, Los líquenes son uno de los organismos visibles más resistentes de la Tierra, pero uno de los menos ambiciosos. Son capaces de crecer muy contentos en un soleado cementerio, prosperan sobre todo en medios donde no lo haría ningún otro organismo, en cumbres batidas por el viento y en las soledades árticas donde hay poco más que rocas, lluvia y frío, y casi ninguna competencia. En zonas de la Antártida donde apenas crece otra cosa, puedes encontrar bastas extensiones de líquenes (400 tipos de ellos) devotamente adheridos a todas las rocas azotadas por el viento.

La gente no pudo entender durante mucho tiempo cómo lo hacían. Dado que los líquenes crecen sobre roca pelada sin disponer de alimento visible ni producir semillas, mucha gente (gente ilustrada) creía que eran piedras que se hallaban en proceso de convertirse en plantas vivas. “¡La piedra inorgánica, espontáneamente, se convierte en planta viva!”, se recocijaba un observador, un tal doctor Hornschuchm, en 1819.

Una inspección más detenida demostró que los líquenes eran más interesantes que mágicos. Son en realidad una asociación de hongos y algas. Los hongos excretan ácidos que disuelven la superficie de la roca, liberando minerales que las algas convierten en alimento suficiente para el mantenimiento de ambos. No es un arreglo muy emocionante, pero no cabe duda de que ha tenido mucho éxito, Hay en el mundo más de 20.000 especies de líquenes.

Los líquenes, como la mayoría de las cosas que prosperan en medios difíciles, son de crecimiento lento. A un liquen puede llevarte más de medio siglo alcanzar las dimensiones de un botón de camisa. Los que tienen el tamaño de platos, escribe David Attenborough, es “probable que tengan cientos e incluso miles de años de antigüedad”. Sería difícil imaginar una existencia menos plena. “Simplemente existen, -añade Attenborough-, testimoniando el hecho conmovedor de que la vida existe, incluso a su nivel más simple, por lo que parece porque sí, por existir.

Es fácil no reparar en esta idea de que la vida simplemente es. Como humanos nos inclinamos a creer que tiene que tener un objeto. Tenemos planes, aspiraciones y deseos. Queremos sacar provecho constante de toda la existencia embriagadora de la que se nos ha dotado. Pero ¿qué es la vida para un liquen? Sin embargo, su impulso de existir, de ser, es igual de fuerte que el nuestro… puede decirse que incluso más fuerte. Si se me dijese que tendría que pasar décadas siendo una costra peluda en una roca del bosque, creo que perdería el deseo de seguir. Los líquenes, en cambio, no. Ellos, como casi todos los seres vivos, soportarán cualquier penalidad, aguantarán cualquier ofensa, por un instante más de existencia. La vida, en suma, sólo quiere ser. Pero -y aquí tenemos un punto intersante- no quiere, en general, ser mucho.

 

Bryson, Bill. Una breve historia de casi todo. Barcelona : RBA, 2004. p. 353-354. ISBN: 978-84-7871-175-9

 

La ciencia como utopía de progreso

La ciencia era la mejor herramienta que la sociedad podía haberse proporcionado para sostener la utopía del progreso. La ciencia se volvía sinónimo de determinismo, universalismo y también de luz de la razón, fuente liberadora de supersticiones y preconceptos, símbolo del conocimiento puro y verdadero para todos. La divulgación de la ciencia pasó a verse, por lo tanto, como parte de un mandato destinado a la iluminación y el progreso de los pueblos. De esta forma, François Rouelle (1703-1770) ofrecía sus célebres “demostraciones” de química en los jardines del Rey, teniendo entre su público a personajes del calibre de Diderot, Condorcet, o Rousseau. El astrónomo Joseph de Lalande (1732-1807) aparecía en Pont-Neuf y para atraer la atención de los caminantes comía arañas que llevaba en una cajita de rapé. Una vez que el conmocionado público se había reunido en torno suyo, el científico extraía un telescopio y daba una charla de astronomía práctica a todos los presentes. Bernard de Fontenelle (1657-1757) divulgaba a Descartes en Conversaciones sobre la pluralidad de universos (1685), que consistía en una explicación sobre el cosmos a una marquesa ficticia; en tanto que Voltaire (1694-1778) explicaba una nueva física en Eléments de philosopie de Newton (1738). En las cortes, las plazas, los teatros, y hasta en libros de poesía, la ciencia hacía un “ingreso triunfal”. En 1738, Jacques de Vaucanson (1709-1782) viajaba por Europa mostrando sus célebres automata (entre otros, un imaginario pato mecánico capaz de nadar, comer, digerir y defecar), exhibiendo antes damas y caballeros de qué forma la naturaleza podía ser reproducida y explicada por medio de mecanismos. La ciencia iluminista era para todos y todas, puesto que también las mujeres de clase alta eran vistas como destinatarias importantes para las luces de la razón; G.W. Leibniz (1646-1716) intercambiaba cartas con algunas de sus protectoras aristocráticas, las cuales posteriormente darían lugar al libro Filosofía para princesas; Giuseppe Compagnoni (1754-1833) escribía el texto Química para las mujeres; Francesco Algarotti (1712-1764), El newtonianismo para las damas (1737); o bien Leonhard Euler (1707-1783), Cartas a una princesa de Alemania sobre diversos temas de física y de filosofía (1768), un compendio de la ciencia de aquél momento. En este cuadro general se fue fraguando una obra revolucionaria: la Encyclopedie ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des metiers, par una societé de gens de leertes (1751 y 1772), más conocida como la Enciclopedia.

Enciclopedia Iberoamericana de Filosofía: Ciencia, tecnología y sociedad

Polino, Carmelo y Castelfranchi, Yurij (2008), “Comunicación pública de la ciencia. Historia,
prácticas y modelos”, en Aibar y Quintanilla (eds.), Ciencia, Tecnología y Sociedad, Enciclopedia
Iberoamericana de Filosofía, Madrid: Ed. Trotta.