Entonces quedaría un solo carcelero en pie

El barbero y el Superhéroe  Presidiendo la mesita, quedando entre Foucault y Superhombre, se encontraba el moderador, que se disponía a formular la primera pregunta:

   — Todos los estudios del hombre, de la historia a la lingüística y la psicología, enfrentan el interrogante de si en última instancia somos el resultado de una serie de factores externos, o si, a pesar de nuestras diferencias, poseemos algo que podríamos denominar una “naturaleza humana” común que nos permitiría reconocernos como seres humanos. De modo que mi primera pregunta está dirigida a usted, Superhombre, porque suele utilizar el concepto de “naturaleza humana” e incluso términos relacionados con él, como “ideas innatas” y “estructuras innatas”. ¿Qué fundamentos proporciona su posicionamiento digamos… externo al hombre, si me lo permite, para otorgar un lugar central al concepto de naturaleza humana?

   — Permítame comenzar de un modo ligeramente técnico. Una persona interesada por el estudio de las lenguas, como fue mi caso a partir de ciertos sucesos, se enfrenta a un problema empírico muy definido. Es posible observar que organismos adultos con experiencias muy distintas en una lengua particular arribar a sistemas muy congruentes entre sí. Los sistemas a los que arriban dos hablantes del inglés basándose en experiencias muy distintas son congruentes en el sentido de que, en la mayoría de los casos, uno puede comprender lo que el otro dice. Más notable aún es observar que en gran variedad de lenguas, de hecho en todas la lenguas naturales que he aprendido, existen limitaciones notables en relación con el tipo de sistemas resultantes de las muy distintas experiencias que poseen las personas. Este fenómeno relevante tiene una única explicación: el esquema lingüístico general y el contenido específico del conocimiento proviene, en gran medida, de un aporte del individuo mismo y, de hecho, es un aporte determinante.

   “Afirmaría entonces que este conocimiento instintivo o, si prefieren, este esquema innato es un constituyente fundamental de la “naturaleza humana”. Es a este conjunto de esquemas o principios de organización innatos en el cerebro humano que guían vuestro comportamiento social, intelectual e individual al que me refiero cuando utilizo el concepto “naturaleza humana”.

   El público del plató quedó en silencio. Michel Foucault había esbozado una sonrisa satisfecha, como quien conoce el desenlace final de una broma. Yo, desde mi barbería, casi pude palpar el silencio marmóreo que compartía gran parte de la audiencia mundial en esos instantes.

   — Señor Foucault, imagino que su visión al respecto difiere en forma significativa.

   — Es cierto que desconfío un poco de la noción de naturaleza humana. Afirmaría que el concepto de ser humano no es un concepto científico; sino que ha consistido en una herramienta de clasificación y delimitación, una herramienta conceptual y coercitiva con la que reprimir el deseo.

   “En todo caso, algo me parece cierto: que el hombre y la naturaleza humana son una invención cuya fecha reciente muestra con toda facilidad la genealogía de su creación. Es reconfortante pensar que si las disposiciones que permitieron la invención de la “identidad humana” desaparecieran, entonces podría apostarse a que la cárcel que supone pertenecer a esa quimera llamada “humanidad” se borraría, como en los límites del mar un rostro de arena.

   “Entonces quedaría un solo carcelero en pie, sin presos a quienes vigilar ni castigar”.

   Dijo las últimas palabras mirando fijamente a Superhombre. El público aplaudió con timidez. Mi amigo, como yo, entendió en ese mismo instante que, efectivamente, aquel diálogo televisado era una suerte de trampa; un ataque de guerrilla, sin más armas que el diálogo, pero milimétricamente planificado para tumbarlo.

Colectivo Juan de Madre. El barbero y el superhombre. Badajoz: Aristas Martínez, 2017. p. 276-278. ISBN: 978-84-943794-8-2

Chicas

Chicas. Emma Cline

Henry pellizcó la piel blanda que asomaba por la cinturilla de los pantalones cortos de Connie.

  — Tenemos hambre últimamente, ¿eh?

  — No me toques, salido –le dijo ella, y lo apartó de un manotazo. Soltó una risita–. Que te follen.

  — Perfecto –respondió él, y la cogió por las muñecas–. Fóllame.

Ella intentó zafarse sin muchas ganas, quejándose hasta que Henry la soltó por fin. Se frotó las muñecas.

  — Imbécil –masculló, pero no estaba realmente enfadada. Eso era parte de ser chica: conformarse con cualquier respuesta que una obtuviera. Si te enfadabas, estabas loca; si no reaccionabas, eras una zorra. Lo único que podías hacer era sonreír desde la esquina en la que te hubiesen arrinconado. Sumarte a la broma aun cuando siempre fuese a tu costa.

Cline, Emma. Chicas. Barcelona : Anagrama, 2016. ISBN: 978- 8433979582.

Sería el trabajo de toda una vida

knihovna_Tepla

– ¿Qué buscas? –preguntó Fela.
– Un millar de cosas –dije, y no mentía–. Pero podríamos empezar por la historia de los Amyr. O por cualquier ensayo serio sobre los Chandrian. Cualquier cosa sobre cualquiera de los dos, la verdad. No he encontrado nada.
No me molesté en tratar de disimular mi frustración. Me exasperaba haber entrado por fin en el Archivo, después de tanto tiempo, y no ser capaz de encontrar ninguna de las respuestas que andaba buscando.
– Creía que esto estaría mejor organizado –refunfuñé.
Fela rio entre dientes.
– Y ¿cómo lo harías tú, exactamente? Me refiero a cómo lo organizarías.
– Pues mira, llevo un par de horas pensándolo. Lo mejor sería ordenar los libros pro temas. Ya sabes: historia, memorias, gramáticas…
Fela dejó de andar y exhaló un hondo suspiro.
– Será mejor que aclaremos esto cuanto antes. –Cogió al azar un libro delgado de uno de los estantes–. ¿De qué temática es este libro?
Lo abrí y lo hojée un poco. Estaba escrito con caligrafía antigua de escribano, con trazos delgados e inseguros, difícil de descrifrar.
– Parece una autobiografía.
– ¿Qué clase de autobiografía? ¿Cómo la clasificarías en relación a otras memorias?
Seguí hojeando y vi un mapa meticulosamente dibujado.
– Parece más bien un libro de viajes.
– Muy bien –repuso Fela–. ¿Cómo la clasificarías dentro del apartado de autobiografías y libros de viajes?
– Los organizaría geográficamente –dije; me estaba divirtiendo con aquel juego. Pasé más páginas–. Atur, Modeg y… ¿Vintas? –Fruncí el ceño y miré el lomo del libro–. ¿De qué año es esto? El imperio de Atur absorbió Vintas hace más de trescientos años.
– Más de cuatrocientos años –me corrigió Fela–. ¿Dónde pones un libro de viajes que se refiere a un sitio que ya no existe?
– En realidad entraría en el apartado de historia –dije más despacio.
– ¿Y si no es exacto? –insistió Fela–. ¿Y si se basa en habladurías en lugar de la experiencia personal? ¿Y si es pura ficción? Los libros de viaje ficticios estaban muy de moda en Modeg hace doscientos años.
Cerré el libro y lo puse en su sitio.
– Empiezo a entender el problema –dije, pensativo.
– No, no lo entiendes –me contradijo Fela –. Sólo empiezas a atisbar los bordes del problema. –Señaló las estanterías que nos rodeaban–. Imagínate que mañana te conviertes en maestro archivero. ¿Cuánto tiempo tardarías en organizar todo esto?
Miré alrededor. Había infinidad de estanterías que se extendían hasta perderse en al oscuridad.
– Sería el trabajo de toda una vida.

Rothfuss, Patrick. El nombre del viento. Barcelona: Plaza & Janés, 2009. ISBN: 978-84-01-33720-8

Deseo frente a tanta nada

Nadia Comaneci

Ante ese vertedero de posibilidades, Béla se ve impotente. Todas esas imágenes superfluas, ese ruido de fondo, son grasas amenazantes. Hay quien dice de Onesti que, una vez has dado la vuelta a la ciudad, lo único que puedes hacer es volver a darla en sentido contrario. Sin embargo, se trata de un vacío que no es un vacío, esa quietud de carretera despejada, ese espacio, el aire que deja sitio al gesto. El silencio entre árboles, escaparates de frutas y verduras terrosas e irregulares, unas cuantas muñecas en la única tienda de juguetes y pequeños patios donde jugar hasta que se pone el sol, luego uno vuelve a casa y escucha música en la radio o lee un buen rato antes de acostarse. Esas barreras contienen un cielo al revés; son sus ofertas ilimitadas las que reducen el espacio, ese vals occidental del que uno sale mareado después de tantas vueltas.

– Esa abundancia ¿la impresionaba?

– Desde luego. Mire, la primera vez que mi madre viajó a Occidente fue a un suburbio de Nueva Jersey. Pues bien, se puso a llorar en los pasillos de un pequeño supermercado.

Intento comprender. Acaso lloraba Stefania de felicidad, de emoción por aquellas nuevas posibilidades de elección, por el hecho mismo de poder elegir, y Nadia me corta, casi brutal. Por la repugnancia ante aquella acumulación absurda, me corrige. De tristeza por sentirse invadida de deseo frente a tanta nada.

– En nuestro país no teníamos nada que desear. En el suyo, en cambio, uno está permanentemente obligado a desear.

Lafon, Lola. La pequeña comunista que no sonreía nunca. Barcelona: Anagrama, 2015. p. 83-84. ISBN: 978-84-339-7916-2.

Viva la democracia

Al amor hay que echarle, incluso, más imaginación que al sexo, porque el amor es básicamente imaginario. Sin embargo, un coño es tan real que hasta sirve para sacarle vida de dentro. Es como la política de izquierdas. Hay que echarle más imaginación a la construcción del obrero que a la del socialismo o el comunismo. El obrero es tan real que hasta se le puede quitar la vida. Se caen de los andamios como frutas inmaduras de la historia y dejan que su savia aún fuerte y roja se la beban los soldados que mañana pisarán las niñas monas con sus tacones. Y yo siguiendo tu taconeo en las aceras. ¿Alguna vez se ha caído del andamio el comunismo en persona?

He pensado en esto porque acabo de leer que la crisis económica ha traído, también, el descenso de las muertes por accidente laboral en España. Es una gran noticia. A partir de ahora los obreros no la van a palmar desde el andamio. Se van a morir al raso, de hambre, que es más limpio. Viva la democracia.

Malvar, Aníbal. La balada de los miserables. Madrid: Akal, 2012. p. 222. ISBN: 978-84-460-3543-5

Es mierda en la boca, pero oficialmente se llama helado

Tuzla, Bosnia

Ensayábamos en la Casa del Ejército.

Para verle sentido a este título es necesario entender la naturaleza del peculiar comunismo yugoslavo. Pongamos a los arquitectos como ejemplo. Digamos que hay que construir un edificio público. En el comunismo no es el mejor arquitecto quien llega a construirlo; quien lo construye es el individuo (casi siempre un hombre) con mayor rango del Partido que, de paso, es arquitecto. Y para alcanzar el rango hay que lamer muchos culos, formar parte de comités sobre asuntos de los que uno no sabe nada, soportar años de discursos soporíferos, escribir y pronunciar discursos soporíferos durante años, y emborracharse cada noche con los gerifaltes para demostrar que uno participa en la comunidad y su vida social. Para entonces, uno es burócrata en un 98 por ciento y arquitecto en un 2 por ciento. Por eso los edificios públicos de los Balcanes parecen todos archivadores y por eso, a su vez, casi siempre se los llama “casa” (Casa de la Sanidad, Casa de la Juventud, Casa de los Trabajadores, Casa del Ejército): con la finalidad de evocar esa sensación de calidez interior y compensar así su verdadera impersonalidad. Es mierda en la boca, pero oficialmente se llama helado.

Ensayábamos en la Casa del Ejército.

Prcić, Ismet. Esquirlas. Barcelona: Blackie Books, 2013. p.118. ISBN: 978-84-938817-6-4

Contra la voracidad

Irène Némirovsky

Quieren hacernos creer que vivimos en una  época comunitaria en la que el individuo debe perecer para que la sociedad viva, y no queremos ver que es la sociedad la que perece para que vivan los tiranos.

Esta época que se cree “comunitaria” es más individualista que la del Renacimiento o la de los grandes señores feudales. Todo ocurre como si en el mundo hubiera una suma de libertad y poder compartida tan pronto entre millones como entre uno solo y millones. “Tomad mis sobras”, dicen los dictadores. De modo que no me vengan con el espíritu comunitario. Estoy dispuesto a morir, pero como francés y como racional, quiero entender por qué muero, y yo, Jean-Marie Michaud, muero por P. Henriot, P. Laval y otros señores, del mismo modo que un pollo al que matan para servirlo en la mesa de los traidores. Y yo sostengo que el pollo vale más que los que se lo comerán. Sé que soy más inteligente, mejor, más valioso a los ojos del bien, que los susodichos. Ellos tienen la fuerza, pero una fuerza temporal e ilusoria. Se la quitará el tiempo, una derrota, un capricho del destino, la enfermedad (como ocurrió en el caso de Napoleón)… Y la gente se quedará boquiabierta: “¿Cómo?–dirá–. ¿Y esto era lo que nos hacía temblar?” Tengo auténtico espíritu comunitario si defiendo mi parte y la de todos contra la voracidad. El individuo no tiene valor si no siente a los otro hombres. Pero que sean “los otros hombre”, no “un hombre”. La dictarua se funda en esa confusión. Napoleón sólo desea la grandeza de Francia, dice, pero le grita a Metternich: “la vida de millones de hombres me importa un comino”.

Némirovsky, Irène. Suite francesa. Barcelona: Salamandra, 2012. p. 420. ISBN: 978-84-9838-370-6