Deseo frente a tanta nada

Nadia Comaneci

Ante ese vertedero de posibilidades, Béla se ve impotente. Todas esas imágenes superfluas, ese ruido de fondo, son grasas amenazantes. Hay quien dice de Onesti que, una vez has dado la vuelta a la ciudad, lo único que puedes hacer es volver a darla en sentido contrario. Sin embargo, se trata de un vacío que no es un vacío, esa quietud de carretera despejada, ese espacio, el aire que deja sitio al gesto. El silencio entre árboles, escaparates de frutas y verduras terrosas e irregulares, unas cuantas muñecas en la única tienda de juguetes y pequeños patios donde jugar hasta que se pone el sol, luego uno vuelve a casa y escucha música en la radio o lee un buen rato antes de acostarse. Esas barreras contienen un cielo al revés; son sus ofertas ilimitadas las que reducen el espacio, ese vals occidental del que uno sale mareado después de tantas vueltas.

– Esa abundancia ¿la impresionaba?

– Desde luego. Mire, la primera vez que mi madre viajó a Occidente fue a un suburbio de Nueva Jersey. Pues bien, se puso a llorar en los pasillos de un pequeño supermercado.

Intento comprender. Acaso lloraba Stefania de felicidad, de emoción por aquellas nuevas posibilidades de elección, por el hecho mismo de poder elegir, y Nadia me corta, casi brutal. Por la repugnancia ante aquella acumulación absurda, me corrige. De tristeza por sentirse invadida de deseo frente a tanta nada.

– En nuestro país no teníamos nada que desear. En el suyo, en cambio, uno está permanentemente obligado a desear.

Lafon, Lola. La pequeña comunista que no sonreía nunca. Barcelona: Anagrama, 2015. p. 83-84. ISBN: 978-84-339-7916-2.

La vida, en suma, sólo quiere ser

 

Liquenes

Cuando lo consideras desde una perspectiva humana, y es evidente que nos resultaría difícil hacerlo de otro modo, la vida es una cosa extraña. Estaba deseando ponerse en marcha, pero luego, después de ponerse en marcha, pareció tener muy poca prisa por seguir.

Consideremos el liquen, Los líquenes son uno de los organismos visibles más resistentes de la Tierra, pero uno de los menos ambiciosos. Son capaces de crecer muy contentos en un soleado cementerio, prosperan sobre todo en medios donde no lo haría ningún otro organismo, en cumbres batidas por el viento y en las soledades árticas donde hay poco más que rocas, lluvia y frío, y casi ninguna competencia. En zonas de la Antártida donde apenas crece otra cosa, puedes encontrar bastas extensiones de líquenes (400 tipos de ellos) devotamente adheridos a todas las rocas azotadas por el viento.

La gente no pudo entender durante mucho tiempo cómo lo hacían. Dado que los líquenes crecen sobre roca pelada sin disponer de alimento visible ni producir semillas, mucha gente (gente ilustrada) creía que eran piedras que se hallaban en proceso de convertirse en plantas vivas. “¡La piedra inorgánica, espontáneamente, se convierte en planta viva!”, se recocijaba un observador, un tal doctor Hornschuchm, en 1819.

Una inspección más detenida demostró que los líquenes eran más interesantes que mágicos. Son en realidad una asociación de hongos y algas. Los hongos excretan ácidos que disuelven la superficie de la roca, liberando minerales que las algas convierten en alimento suficiente para el mantenimiento de ambos. No es un arreglo muy emocionante, pero no cabe duda de que ha tenido mucho éxito, Hay en el mundo más de 20.000 especies de líquenes.

Los líquenes, como la mayoría de las cosas que prosperan en medios difíciles, son de crecimiento lento. A un liquen puede llevarte más de medio siglo alcanzar las dimensiones de un botón de camisa. Los que tienen el tamaño de platos, escribe David Attenborough, es “probable que tengan cientos e incluso miles de años de antigüedad”. Sería difícil imaginar una existencia menos plena. “Simplemente existen, -añade Attenborough-, testimoniando el hecho conmovedor de que la vida existe, incluso a su nivel más simple, por lo que parece porque sí, por existir.

Es fácil no reparar en esta idea de que la vida simplemente es. Como humanos nos inclinamos a creer que tiene que tener un objeto. Tenemos planes, aspiraciones y deseos. Queremos sacar provecho constante de toda la existencia embriagadora de la que se nos ha dotado. Pero ¿qué es la vida para un liquen? Sin embargo, su impulso de existir, de ser, es igual de fuerte que el nuestro… puede decirse que incluso más fuerte. Si se me dijese que tendría que pasar décadas siendo una costra peluda en una roca del bosque, creo que perdería el deseo de seguir. Los líquenes, en cambio, no. Ellos, como casi todos los seres vivos, soportarán cualquier penalidad, aguantarán cualquier ofensa, por un instante más de existencia. La vida, en suma, sólo quiere ser. Pero -y aquí tenemos un punto intersante- no quiere, en general, ser mucho.

 

Bryson, Bill. Una breve historia de casi todo. Barcelona : RBA, 2004. p. 353-354. ISBN: 978-84-7871-175-9