El color que usted quiera, señor Ford

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Al comienzo de mi vida consciente uno de mis dedos, que entonces ni siquiera estaba sometido a mi influencia, rozó una protuberancia en forma de gamba entre mis piernas. Y aunque la gamba y la punta del dedo se encuentran a distinta distancia de mi cerebro, las dos se percibieron simultáneamente, un ejemplo de desviación que la neurociencia denomina el problema de la integración. Días después me volvió a pasar en otro dedo. Cuando me desarrollé un poco comprendí las consecuencias. La biología es el destino, y el destino es digital y, en este caso, binario. Era desoladoramente simple. La cuestión extrañamente esencial en el fondo de cada nacimiento quedaba ahora resuelta. O esto o lo otro. Nada más. Nadie exclama en el momento de tu deslumbrante aparición: ¡Es una persona!, sino: Es una niña, Es un niño. Rosa o azul: una mejora mínima con respecto a la oferta de Henry Ford de coches de cualquier color con tal de que fueran negros. Sólo dos sexos. Yo estaba decepcionado. Si los cuerpos, las mentes y los destinos humanos son tan complejos, si somos más libres que ningún otro mamífero, ¿por qué limitar la gama? Me sulfuré y luego, como todo el mundo, me tranquilicé y saqué el mayor partido de mi herencia. Sin duda la complejidad me llegaría en su momento. Hasta entonces mi plan consistía en presentarme como un inglés nacido libre, una criatura de la postilustración inglesa-y-también-escocesa-y-francesa. Mi identidad la esculpirían el placer, el conflicto, la experiencia, las ideas y mi propio raciocinio, del mismo modo que la lluvia, el viento y el tiempo configuran las rocas y los árboles. Además, en mi confinamiento me preocupaban otras cosas: mi problema con la bebida, los disgustos familiares, un futuro incierto en el que afrontaba una posible pena de cárcel o una vida “de acogida” en el regazo descuidado del Leviatán, criado en el piso decimotercero.

Pero últimamente, mientras sigo la cambiante relación de mi madre con su crimen, he recordado rumores de una nueva distribución en materia de azul y rosa. Ten cuidado con lo que deseas. Hay una nueva política en la vida universitaria. Esta disgresión puede parecer intrascendente, pero tengo intención de aplicarla en cuanto pueda. En física, en gaélico, en lo que sea. Así que estoy obligado a interesarme. Una extraña tendencia se ha adueñado de los jóvenes instruidos. Se han movilizado, a veces enfurecidos, pero sobre todo necesitados, ansiosos, de que una autoridad les bendiga y otorgue validez a las identidades que han elegido. Quizá se la decadencia de Occidente con una nueva apariencia. O la exaltación y la liberación del yo. El sitio web de un medio social muy conocido propone setenta y una opciones de género: neutrosis, dos espíritus, bigénero…, el color que usted quiera, señor Ford. En definitiva, al biología no es el destino, y eso es un motivo de celebración. Una gamba no es restrictiva ni estable. Declaro mi innegable simpatía por quien soy. Si resulta que soy blanco, puedo identificarme como negro. Y viceversa. Puedo anunciarme minusválido, o minusválido en mi contexto. Si mi identidad es la de un creyente, se me hiere fácilmente, mi piel sangra cada vez que cuestionan mi fe. Ofendido, entre en un estado de gracia. Si las opiniones inconvenientes gravitan cerca de mí como ángeles caídos o genios malignos (un kilómetro ya es demasiado cerca), necesitaré la habitación de seguridad especial del campus, equipada con plastilina y vídeos de cachorros retozando. ¡Ah, la vida intelectual! Puede que necesite una alarma si los libros o las ideas perturbadoras amenazan mi persona acercándose demasiado, respirándome en la cara y en el cerebro como perros insanos.

Sentiré, ergo seré. Que la pobreza mendigue y que el cambio climático se cueza a fuego lento en el infierno. La justicia social puede ahogarse en tinta. Seré un activista de las emociones, un espíritu ruidoso y reivindicativo que lucha con lágrimas y suspiros para modelar al as instituciones en torno a mi yo vulnerable. Mi identidad será mi única posesión preciosa y verdadera, mi acceso a la única verdad. El mundo tiene que amarla, alimentarla y protegerla como hago yo. Si mi universidad no me bendice, no me reconoce ni me da lo que necesito claramente, hundiré la cara entre las solapas del vicerrector y lloraré. Luego exigiré su dimisión.

McEwan, Ian. 2017. Cáscara de nuez. Anagrama. ISBN. 9788433937711