¿Qué opinaría Hitler de la teletienda?

Por otra parte, la venta a través del televisor no era por lo visto tan rara. Otros dos o tres canales emitían sin interrupción las charlas de vendedores ambulantes, como los de las ferias. Con la correspondiente frivolidad, aquella verborrea también quedaba contrarrestada por los textos escritos que aparecían en cada esquina del aparato. Los propios vendedores vulneraban de continuo todos los principios de una actuación seria, ni siquiera se preocupaban de tener un aspecto físico que inspirase confianza, y hasta los de edad avanzada llevaban horrendos aretes en las orejas como los gitanos. Se reconocía fácilmente que el reparto de papeles obedecía a la tradición del timo más descarado: siempre había uno que mentía como un bellaco ensalzando algo. El otro, en cambio, tenía que estar al lado con la boca abierta de puro asombro, tenía que soltar un “¡oh!” y un ¡”no!” y también “¡pero es increíble!”. Era en su conjunto un perfecto paso de comedia y uno tenía continuamente unas ganas enormes de disparar contra aquella chusma con un cañón de defensa antiaérea de 8,8, de manera que a esos bribones y estafadores les saltaran, como un surtidor, sus embustes de las tripas.

Mi furia también se debía, en último término, a que yo, confrontado con esa demencia colectiva, tenía cada vez más miedo de perder la razón. ¿Quién vería por propia voluntad esas cosas? Sin duda, hombres inferiores que apenas saben leer ni escribir; pero ¿fuera de ellos? Le dije a voces al aparato que había que meter a todo ese círculo de existencias fracasadas en un campo de trabajo, de forma que el recuerdo de esos desastrosos manejos quedara eliminado de una vez para siempre, de la sana conciencia del pueblo. Desanimado, tiré a la papelera la cajita de control.

¡Qué tarea sobrehumana me había impuesto!

Vermes, Timur. Ha vuelto. Barcelona : Seix Barral, 2013. p. 77-78. ISBN: 978-84-322-2036-4

Anuncios